Tous les soleils 2011 Spanish en Español

Posted by on July 7, 2012

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SILENCIO DE AMOR
Bien, ¿reacciones?
¿Comentarios?
– La música no cambia.
El ritmo siempre es el mismo,
como si solo importara la letra.
Yo no estoy de acuerdo.
Creo que el ritmo se acelera.
– Nos atrapa, no se puede salir.
– Bien.
No estáis equivocados.
En la tarantela, el ritmo
sirve para extirpar
el mal de amores,
la posesión, la tristeza,
productos del veneno de la araña.
Gracias al ritmo,
el enfermo entra en trance.
La voz sirve de vínculo
entre el mundo de los hombres
y las fuerzas oscuras que curan.
Vale, todo esto puede parecer
intelectual,
pero no olvidéis que surge
de una tradición popular muy antigua.
Se tocaba en las plazas,
en las calles.
De ahí las llamadas…
Estas cosas,
estos gritos que se oyen.
Cosas así.
Ocúpese de ellos
el resto del trimestre.
No puedo dejarles
sin un profesor.
– ¿Cuándo regresará Kriakine?
– No lo sé.
Lo suyo no es la música religiosa,
sino las bajas.
Cuando se le acaba una baja,
presenta otra.
Es su móvil.
Disculpe.
– Luego hablamos.
Sí, sí.
¿Diga?
Sí, soy yo.
¿Qué?
No se lo diga a su hija,
pero me parece genial.
Dicen que a los jóvenes
no les importa nada.
¿Le parece genial manifestarse
a los 15 años por un Tíbet libre?
¿No le preocupa el Tíbet?
Claro, está a diez mil kilómetros,
¡le da igual!
No he dicho eso.
Pero tirar piedras a la policía
tampoco es normal.
Sr. Regazzoni,
cada uno escoge su vocación.
El manifestante tira adoquines,
el antidisturbios los recibe.
Mi cuñado es policía.
Se deprime cuando no le lanzan nada.
Tiene la sensación
de ser transparente, inútil.
Abandonado.
Qué gracioso.
¿A los 16 años quemarás coches?
Total, es costumbre en Estrasburgo.
¿Ya los 20 atracará bancos
para dárselo a los pobres?
¿O dinamitarás la catedral
porque Dios no hace nada?
– Ya vale, papá.
– ¿Ya vale, papá?
Pero ¿quién te crees que eres?
¿Tú y tus amigas pensáis
hacer cambiar el régimen de Pekín?
¡Irina, vuelve aquí ahora mismo!
¡Irina, maldita sea, ven aquí!
Que seas apolítico
no significa que ella lo sea.
Mira, mejor te callas.
Sé quién le da ideas.
Así que ya vale, ¿lo entiendes?
Ya vale.
O te vas a la calle.
¡A ver cómo cambias el mundo
durmiendo debajo de un puente!
– Despertarás a la Sra. Bisheim.
– Eso, cambia de tema.
No me asustan tus amenazas
de burgués.
¡Claro!
Te viene muy bien tener
un hermano burgués.
¿Dónde estarías sin mí?
¿Qué harías?
No has dado golpe
en toda tu vida.
Resisto.
Hace tiempo que resistes.
Tienes fuerza.
¡Bravo, enhorabuena!
Estoy impresionado.
– ¡Cállense, italianos de mierda!
– Te avisé.
– Toma.
– No.
Prueba.
Muy bueno.
¡Irina, a la mesa!
Siempre me grita.
No lo tiene fácil, es tu padre.
– Se preocupa, es normal.
– Puede, pero ya no soy una cría.
Qué graciosa,
tampoco eres una abuelita.
Oye…
Pásame un trapo.
Este no, el otro.
Se calmaría si tuviera novia.
Se metería con ella
y nos dejaría en paz.
Las pocas novias
que ha tenido no le han durado.
– Ni siquiera las vimos.
– Ahora es urgente.
Ya, pero tiene que encontrarla él.
Bueno, cuenta.
– ¿Cabreasteis a la poli?
– Más bien.
¿Tiraste los adoquines
como te dije?
Buena alumna.
“Algo insoportable se alzó
entre ellos,
y Stres fue el primero
en bajar la mirada”.
“Siento hacerte esta pregunta,
dijo,
pero es importante”.
“Entiéndelo, Doruntine,
es importante para ti,
para tu madre, para todos”.
“¿Has visto el rostro del hombre
que te trajo aquí?”
¿No le gusta?
Sería feliz aunque me leyese
las páginas amarillas.
Tiene una voz preciosa.
Ismael Kadaré es algo mejor
que el listín.
Hábleme del exterior, de la ciudad.
¿La ciudad?
Bueno,
por la mañana temprano
huele a niebla, a hojas frescas,
a campo.
A mediodía, todo quema.
Como si el sol se apoderase
de todas las calles.
Hay gente en las terrazas,
niños en los parques,
y hay muchas sonrisas, muchas.
¿Cuánto hace que viene a verme?
Un año, casi.
Hemos leído mucho.
Es mi oyente más antigua, Agathe,
me estoy hartando.
Es hora de que vuelva a su casa.
Es usted un artista, Sr. Luigi.
– Un auténtico artista.
– No es nada.
Está muy bien pintado.
La pintura habla
de toda la humanidad.
Ni idiomas ni fronteras
ni engaños.
– Es verdad.
– Desde luego.
Piense en las mentiras
que lleva en la bolsa.
Esos sobres que sembrarán
la discordia, el odio, la ruina.
También hay cartas de amor.
¿Bromea?
Nadie escribe cartas de amor.
Solo hay correos electrónicos,
sms, la comunicación global.
Al lado de la manzana,
símbolo del pecado original,
pinto un móvil.
Porque representa el mundo actual.
Infinita vigilancia,
intercambio sin rostro, bla bla bla.
No, en su bolsa ya no hay amor,
únicamente facturas,
despidos, impuestos,
anuncios para tarados,
¡pura mierda que debe pulverizarse!
No se me había ocurrido.
– ¿Otro café?
La caldera no aguantará mucho,
pero no cuesta lo mismo
una de madera que una de gas.
Las de madera son más ecológicas.
Sí, pero son más caras.
¿Y el calor geotérmico?
Malou, déjalo,
sale por un ojo de la cara.
Hay que estudiar el terreno,
perforar.
– ¿Y qué?
Sí, pero la casa es de todos,
no sé cómo funciona.
– Hola a todos.
– Hola.
No queda vino, me parece.
¿Ya has salido de trabajar?
Hoy es shabat,
nunca opero durante el shabat.
– Ya deberías saberlo.
– Pero bebes.
¿Y qué?
No sabes nada de judaísmo.
Amigos míos,
os presento a Egidia.
– Eguidia.
– Eguidia.
Es lituana.
Lleva dos meses en Estrasburgo,
no la asustéis.
Él es Jean-Paul.
Cirujano a media jornada,
ya lo ves.
Malou, que le aguanta desde…
¿cuándo?
– 21 años.
– No parece muy desgraciada.
Francette, casada con Dieter.
Y Alessandro,
si tienes una amiga para él.
Nos hemos rendido.
– ¿Qué tal el vino?
– Dieter, Eguidia.
– Eg…
– Eguidia.
Encantado.
– No tiene copa.
– Gracias, no bebo vino.
¿No bebes vino?
¿Nunca?
Nunca.
Bueno, pues…
¿Quién viene el domingo?
– No, el siguiente.
– ¿Nos llevamos a Irina?
Ya os lo diré.
“¿No bebes vino?”
Él le hizo entrar
en el hospital Flores.
Sí, lo sé.
– ¿Dónde vive Noémie?
– Cerca del Invernadero.
De acuerdo.
Pero nada de salir,
te quedas en su casa.
– Y no llegues tarde al cole.
– Tranquilo.
– ¿Qué ha puesto?
– Papel de cocina.
– ¿Por qué no pone la marca?
– Odia las marcas.
Bueno, trae cuatro rollos.
Y detergente.
Y dos botes de lejía.
¿Qué haces?
Te hacen falta braguitas,
estas no están mal.
Nada vulgares, buena calidad.
– No voy a ponerme esto.
– ¿Y con el poni?
Papá, tengo 15 años,
no tengo 8.
Abre los ojos,
no me compras las bragas.
– ¿Quién, entonces?
– Yo.
¿Te compro calzoncillos?
– Mi madre me los compraba.
– Me abochornas.
Irina.
Irina.
– Alessandro, has entrado tarde.
– Lo sé, lo siento.
Perdón a todos.
Bueno, una pausa, nos vendrá bien.
Disculpad.
– ¿No te sientes bien?
– Sí, puede que esté cansado.
Con Irina no lo tengo fácil.
Eso de ser padre soltero…
Porque quieres.
Nunca tuvo madre,
quiero que tenga padre.
¿Y si te preocuparas por ti
de vez en cuando?
Si lo nuestro no funcionó entonces,
no significa que pase lo mismo
con otra.
¿Conoces a un psicólogo?
Adiós.
– ¿No vienes?
– ¿Para qué?
Siempre dices que no te doy libertad.
No sé, al menos podrías saludar
a su madre.
Vale, pero solo saludar.
¡Ya están aquí!
– Pase.
– No, gracias, he aparcado mal.
La policía nunca aparece por aquí.
– No…
– Pase un momento.
– ¿Una copa de champán?
– ¿A estas horas?
¿Qué importa la hora?
Chicas, bajad la voz.
A esa edad se tiene energía,
ansias de vivir.
¿Conque usted es el papá
de Irina?
Noémie no para de hablar de Irina,
la adora.
Irina esto, Irina lo otro.
– Noémie me ha dicho que es viudo.
– Así es.
Qué terrible, ¿y cuándo ocurrió?
Irina tenía cinco meses,
un accidente de coche.
Queda lejos, ha tenido tiempo de…
Ya sabe, de…
Maldito coche.
Disculpe, pero debo irme.
¿Es profesor?
Enseño historia de música barroca.
Me encanta el rock,
Johnny Haliday…
Rock no, barroco,
fue un poco antes.
Eso también me encanta,
me apasiona.
Me gusta salir,
cenar con amigos.
– ¿Hace deporte?
– Footing el fin de semana.
– Perdone, debo irme.
– ¿Carretera, campo?
– Campo.
– Yo también.
¡Hasta pronto!
Vuelva cuando quiera.
Sí, sí, nunca más.
¡No, no, no, no!
¡35 euros!
¡Maldita sea!
¡35 euros por una chalada!
– No iré.
– ¡Irás!
– ¡No iré!
– Aquí decido yo.
Irás aunque deba arrastrarte
por el pelo.
– ¡No!
– ¡Sí!
Te vendrá bien.
– Tú necesitas ver a un psicólogo.
– ¿Yo?
Mírate, mírale.
¿Te parece normal tener un padre
que vive con una muerta?
¿O un tío que ve putos culebrones
en vez de salir a la calle?
– ¡Modera tu lenguaje!
– ¡Me avergonzáis!
¡No me hables así!
Mis amigos piensan
que sois maricones.
¡Me las pagarás!
Irina.
¡Irina!
Le he dado una bofetada.
Soy idiota,
le he dado una bofetada.
¿No te hartas de ver putos culebrones
todo el santo día?
¿Qué te he hecho, qué te pasa?
Se puede amar a alguien que no lea
ni escuche lo mismo que tú.
– Imposible.
– Déjame hablar.
Que no le gusten los mismos paisajes.
Pero no se puede amar a alguien
que no bebe vino.
Las salchichas ya están.
No hay mucho vino en Lituania.
Tengo una colega en Reykiavik
que se bebe una botella para cenar.
Que yo sepa, no hay uvas en Islandia.
Es verdad.
Pero la lituana, con o sin vino,
estaba muy bien.
Oye, ¿qué te ha dado?
¿Qué pasa?
Es verdad, Jean-Paul me lo dijo.
– ¿Se lo dijiste?
– ¿El qué?
– ¿Al pajar?
¿Una salchicha entera?
– Quiero dos.
– Una, y luego veremos.
¡Sidharta, calla!
¡Calla, calla!
El nombre perfecto
para un perro tan sereno.
No es culpa suya, está en celo,
¿a ti no te pasa?
– ¡Mamá, papá!
– ¡Camille!
¡El tejado se ha hundido!
¿Estás bien?
¿No tienes nada, seguro?
Joder…
No os acerquéis.
No te muevas.
Mierda.
Os dije que debíamos cambiar
esa puta viga de mierda.
Gérard dijo que aguantaba.
¡Gérard es cocinero!
¿Qué sabe él de vigas?
¡No sabe nada de vigas!
– ¿Y qué sabes tú?
– Ya vale, tranquilos.
– ¡Podían haber muerto!
– No ha pasado nada grave.
¡Calla, Sidharta,
calla de una vez!
– Las salchichas van a quemarse.
– Vamos.
¿Las salchichas?
¡Me tenéis hasta los cojones!
¡Hasta los cojones!
¿El Sr. Bertaud?
Hola.
Soy Alessandro Regazzoni,
de la Asociación Palabras.
¿Cómo está?
¿Me permite?
He venido a leerle, Sr. Bertaud.
He traído varios libros.
Ya me dirá qué le gusta más.
Hace mucho calor,
¿no tiene calor?
¿Quiere un vaso de agua?
Podemos empezar por un autor
del norte del Véneto,
Mario Rigoni Stern.
Sus novelas tratan
de la guerra, del recuerdo,
y de la montaña.
Se titula “Nieve de enero”.
“Se apoyó contra el trineo
con el brazo derecho”.
“Metió el brazo izquierdo
dentro del abrigo”.
“Cuando la bala de la ráfaga le dio,
solo notó un golpe seco,
como el impacto de una piedra”.
Dígame, Sr. Bertaud.
¿No tiene algo más erótico?
No, pues no.
Aquí no, lo siento mucho.
– Acaba de dormirse.
– Hola, Yasmina.
Lo pasó muy mal anoche.
Dile que he venido.
– Volveré el jueves.
– Sí.
Tienes mala cara.
Ayer firmamos el divorcio,
ahora soy una mujer libre.
O abandonada, según se mire.
No funciona.
Hay polvo por todas partes.
L’Express.
5 de julio de 2006.
Le Point, 13 de noviembre de 2008.
Prensa gratuita, prensa gratuita.
Marie-Claire, abril de 2000.
– Irina Regazzoni.
– ¡Yo!
Bueno, quiero decir, ella.
Es mi hija.
Nos estamos alejando,
pone en entredicho todo lo que digo.
Intento hacerle entender algo
y se cierra en banda.
El caso es que ha crecido mucho
últimamente,
pero sigue siendo una niña.
Una niña en el cuerpo de una mujer.
– ¿De una mujer?
Sí, mírela.
¿Qué opinas, Irina?
Bien.
¿Puedes dejarnos un momento
a solas?
¿Lo ve?
Sinceramente,
no creo que su hija me necesite.
Pero usted debería ir a ver
a un colega mío.
¿Cómo?
Su hija está en la adolescencia,
a veces molesta a los padres.
¿Me toma el pelo?
Dice que está muy desarrollada,
pero tiene 15 años
y el cuerpo de una niña de 12.
– La trata como a un bebé.
– ¿Qué?
Estoy convencida de que está
adelantada intelectual
y emocionalmente.
Usted tiene problemas,
Sr. Regazzoni, no ella.
Vaya estupidez.
¡Vaya estupidez!
No voy a hacer caso a alguien
con un análisis igual de caduco
que sus revistas.
Vergonzoso.
– Hola, guapa.
– Hola, tío.
– ¿Qué haces?
– Almacenar.
– Siempre pintas lo mismo.
– Claro.
– Véndelos en vez de almacenarlos.
– No puedo.
Uno de Zúrich quiere comprarlo todo,
vio uno donde Jean-Paul.
– ¿Y?
– Me manda cartas, pero no las leo.
Tu padre.
Buen fin de semana.
Empuja, empuja.
Guarda, guarda.
Tiembla, tiembla.
Te perturbo, turbo, turbo.
La vida, querida mía,
es un Kilo de naranjas.
Exprime, exprime, exprime.
Tengo sed, sed, sed.
¿No te gusta?
Es para tu edad.
Te estoy hablando.
Dime algo.
¿Qué?
¿Qué escuchas temas de tarados?
¿Qué?
– Hola, cariño.
– Hola.
¿Qué tal? Estás muy guapa.
– Hola, cariño.
– Hola.
Dame la bolsa.
Quédate a comer.
No puedo, tengo trabajo,
debo volver.
Quédate un par de minutos.
¿Cómo estás?
– Bueno…
– ¿Irina o tú?
Los dos.
No es un mal hombre.
Se alegra mucho de verte,
pero entonces recuerda.
Con el tiempo, pensé que…
El tiempo no cambia nada.
El tiempo…
El tiempo solo es una excusa.
– ¿Cuándo vendrás a por la niña?
– El domingo.
¿A eso de las 7:00?
– Te haré una tarta.
– Muy bien.
Gracias.
Sandro.
¿Por qué te haces daño?
No, si acabo de encontrar la cinta.
La vuelves a encontrar cada mes.
Sandro.
Yo también quería a Louise,
pero no puedes seguir así siempre.
¿Así cómo?
Solo.
También estás solo.
No es lo mismo, lucho.
Los luchadores están solos.
El Che no se casó.
– ¿No se casó?
– Nunca.
– ¿Estás seguro?
– No.
¿A qué aspiras?
¿A qué Irina se vaya y nos quedemos
solos como dos gilipollas?
Mira qué pequeña era.
Me gustaría ir a un sitio diferente.
Le gusta
porque están sus amigos de siempre,
pero no tengo amigas allí.
No hablan italiano, es un dialecto,
como aquí el alsaciano.
No les entiendo.
Es importante para él.
Lo sé, pero…
Hacía ese mismo gesto.
– ¿Cómo?
– Lo que has hecho con el pelo.
Louise también lo hacía.
¿Qué pasa?
¿Lo que he dicho te molesta?
¿No quieres
que te hable de tu madre?
Hablas de alguien que no conocí,
que murió hace siglos
y que ocupa mucho sitio.
¿Sabes lo que dices?
Digo que me toca vivir
y que todo esto me ahoga.
¿Dónde lo pongo?
Lo sabes de sobra,
al lado de la pila.
Regazzoni, quería verle.
– Hola.
– Ya.
Para los orales de este año,
intente ser un poco más estricto.
– Intento ser justo.
– ¿No me diga?
Su media es de dos puntos
por encima de sus compañeros.
Luego perdemos mucho tiempo
para armonizar las notas.
Ya lo sabe.
No sería una traición, Alessandro.
No se trata de traición, sino de…
Se trata de sitio.
Louise sigue aquí.
Como si
me esperase.
¿Le gusta que le espere?
Creo que sí.
Verá, Agathe,
a usted puedo decírselo,
he tenido algunas relaciones
con mujeres.
Pero no siento nada,
no tienen sentido.
Los muertos pueden más que nosotros.
Tienen toda la vida por delante.
Pero es peor con los ausentes.
Nos atormentan más que los muertos.
¿Por qué lo dice?
En cualquier caso,
no amar a su edad es inmoral.
Se lo prohíbo, Alessandro.
– ¿Te has fijado cómo te mira?
– Te mira a ti.
– No, fíjate.
– Ya, pero es más bien feo.
¿Feo? Oye, necesitas gafas.
– ¿Es nuevo?
– Lleva dos semanas.
Es amigo de Juju, parece.
Sonia está con un tipo de 30 años.
– ¿Qué dices?
– De verdad.
Le conoció por Internet.
Hay páginas para viejos
que no viven en directo.
– Tiene nuestra edad, qué asco.
– Encima, la idiota está orgullosa.
– ¿Lo ves? ¿Qué te he dicho?
– Déjalo.
Te está mirando.
Creo que huele a ñoquis.
“Por mucho que diga Aristóteles
y la filosofa,
no hay nada como el tabaco”.
“Es la pasión de la buena gente,
vivir sin tabaco no es vivir”.
¿Qué le pasa?
“Por mucho que diga Aristóteles,
no hay nada como el tabaco”.
Sganarelle, primer acto, escena I,
Don Juan de Molière.
¿Qué te parece?
No lo hemos estudiado.
No lo ha estudiado.
¿Y esto?
– ¿Lo has estudiado?
– ¿Dónde estaba?
– En tus cosas, en tu habitación.
– ¿Has registrado mi cuarto?
¿Voy a permitir que mi hija incube
un cáncer de pulmón a los 15 años?
– No es mío.
– Mientes.
Es de una amiga.
Me toma por idiota, ¿te das cuenta?
– Para que no se enteren sus padres.
– ¿Y voy a tragármelo?
¿Por qué no me cree nunca?
Estoy harta.
¿Qué?
¡Arrepiéntete, desalmado!
¡Arrepiéntete!
– Mozart, Don Giovanni.
– Lo sé.
El comendador.
Irina.
Come los ñoquis hechos por tu tío,
él sí te quiere.
“Acercó las manos a su pecho”.
“Entonces,
notó que Jennifer
se inclinaba hacia atrás,
y sus pechos,
coronados
por círculos carnosos y oscuros,
duros y puntiagudos
como dardos,
se hincharon aún más”.
“Mientras pasaba la lengua
por sus labios,
abrió los muslos lentamente”.
“Entornó los ojos
y un ligero sudor le cubrió
la frente”.
– ¿El Sr. Luigi Regazzoni?
– Sylvaine Anspak, le llamé ayer.
– Sí, claro.
¿Le molesto, estaba aseándose?
¿Por qué?
– ¿Puedo pasar?
Sí, por favor.
¿Cuánto tiempo lleva en Francia?
– Años.
– ¿Años?
¿Y ahora hace la solicitud?
En la casilla de “nacionalidad”
ha puesto “apátrida”.
Pero ¿de qué país viene?
– Un país que ya no existe.
– Vale, pero ¿cuál?
Italia, señora.
Un momento.
Pensé que su apellido era falso,
¿de verdad es italiano?
– Lo era.
– Ya.
Vamos a ver, un poco de seriedad.
Es italiano,
no puede pedir asilo político.
– ¿Por qué no?
– Italia es una democracia.
¿Una democracia, una democracia?
¿A eso llaman democracia?
Un país encabezado por un erotómano
operado que lo controla todo,
tele, prensa, radio,
¿es una democracia?
Sr. Regazzoni.
Hay cientos de personas
en situaciones desesperadas.
¿Y yo, no estoy desesperado?
Espero la caída del tirano.
Desde el golpe, no uso mi idioma
porque él lo ensucia.
Me alimento de recuerdos y sueños,
¿es un paraíso?
Adiós, Sr. Regazzoni.
Tiene suerte de que no ponga
una queja contra usted.
¡Muy bien, váyase,
apoye a los dictadores!
Bonito trabajo el suyo, señora,
¡muy bonito!
Hola.
– Hola.
– ¿Puedo acompañarte?
– Vivo cerca de tu casa.
– ¿Sí?
En la calle Mercière,
acabamos de mudarnos.
– ¿Estás en segundo?
Sí, ¿tú también?
– ¿Cómo te llamas?
– Aurélien.
– ¿Y esta foto?
– Navidad, hace dos años.
– ¿Estaba borracho?
– No, un poco alegre.
Encuádrala.
Así está mejor.
Recorta un poco más.
– ¿Te parece así?
¿Y el texto?
Creo que deberamos poner
“profesor”.
Tranquilizador, pero no específico.
Y “libre”,
así saben que no está casado.
– ¿Qué tal “deportista”?
– Deportista, sí.
Y “buen bailarín”,
les encanta a las mujeres.
– No le he visto bailar.
– No lo sabes todo.
Un momento…
Ya está, ¿qué te parece?
¿”Destetado”? Es para los animales.
– ¿Seguro?
– Sí.
No me apasiona el final.
¿No querrás que todas las salidas
de Alsacia le escriban?
Vamos a ver.
La música religiosa de Vivaldi.
La música religiosa.
Vivaldi era sacerdote.
Era un hombre de la Iglesia.
Compuso muchas obras
para la Iglesia.
– Para las iglesias.
– ¿Cuáles, por ejemplo?
¿No lo sabes?
¿”L’estro armonico”?
Para nada, no.
¿No ha oído hablar
de una obra maestra,
“Juditha triumphans”?
Bien, eso es todo, hemos terminado.
Tampoco es para ponerse así.
Lo siento,
pero he trabajado muy duro.
Ya, ¿estás de acuerdo conmigo
en que no sabes mucho?
Tengo la mente en blanco.
Trabajo en un bar de noche
para pagarme los estudios.
Mis padres me echaron de casa.
Si vuelvo a suspender este año,
se acabó.
Venga, no lo has hecho tan mal.
¿No me pone la nota media?
No, eso no.
No me sirve de nada.
Sin la nota media no saco el curso.
Se acabó.
Aun así, gracias.
– Adiós.
– Adiós.
No puede ser.
¡Maldita sea!
Entraba en mi cuarto.
Me violaba cada noche.
¿Y esto?
– Billetes quemados.
Sí, lo sé.
– ¿Los has quemado tú?
¿Estás loco?
– ¿De dónde salen?
– No puedo ver.
¿No puedes ver? Espera.
– No me jodas.
– ¿De dónde salen?
Otra vez el agente suizo,
quiere engatusarme.
¿El agente suizo otra vez?
¿No es la primera?
¿Cuántos has quemado?
– No sé, 3 o 4.
– ¡Cuatro!
Puede que más, 7 u 8.
Estás para encerrar.
Me dejo las pelotas trabajando
por vosotros dos
y quemas el dinero que te mandan.
¡Te estoy hablando!
Dinero suizo, ¿me oyes?
O sea, dinero sucio.
Luigi,
¡a tomar por el culo tú y tu moral!
¡No das ni golpe en todo el día!
¡Quemas dinero!
¡Te haré encerrar en un manicomio!
¿No hago nada?
Cuando te sientas,
¿quién ha cocinado?
¿La casa se limpia sola?
¿Tus pantalones, tus camisas,
son auto lavables?
– Calla, la vecina.
– Que se joda.
¡Que se joda, Sra. Bisheim!
Cuanto más envejeces, peor estás.
¿Crees que fabrico el dinero?
¿No puedes vender esos putos cuadros?
¿Y qué me quedaría?
Nada.
– Más tarde serán para Irina.
– Tu mierda le importa un bledo.
Si un suizo imbécil está dispuesto
a pagar, se los vendo mañana.
Hazlo y me tiro por la ventana,
habrás causado mi muerte.
Adelante, ¡haz el ridículo!
Salta del primero,
me moriré de risa.
“Un jardín bajo la nieve es un paso
recubierto por su propia huella”.
“El soplo de un animal caliente
y vivo que espera”.
“La flor de cerezo se une a la luna,
es la joven que murmura”.
Al principio me leía novelas largas,
¿recuerda?
Luego escogió más cortas.
Después llegaron los relatos,
los poemas largos,
y ahora son haikus.
Y pronto,
nada.
Me da miedo cansarla.
Bueno.
Pensaré en usted.
Y yo en usted.
Nunca creí que llegaríamos a esto,
de verdad.
Me devuelve a los niños los domingos
y los deja abajo.
Pita y bajo a por ellos.
Ni siquiera espera a verme salir.
Se va corriendo como un ladrón.
¿Te imaginas?
Buenas tardes, hola.
– ¿Todo bien?
– Sí.
Mira,
si…
Bueno, cuando Agathe…
Ya me entiendes,
¿podrás avisarme?
– Claro.
– Gracias.
Adiós.
– Hay tiempo.
– ¿Seguro?
Sí, calienta la voz.
Tiene tres mensajes.
“Hola, me llamo Virginie,
me gustaría profundizar,
cliquee en el enlace”.
– ¿Cliqueo?
– Sí, venga.
No, date la vuelta, cierra los ojos.
¡Increíble!
Jolín con las piradas.
¿Abro el segundo?
Pero no mires.
No hay problema.
“He leído su anuncio”.
“Si no fuma, no bebe,
es católico y conservador… ”
– Olvídalo.
A ver el último.
“Es una lástima, nos vemos poco,
nuestras miradas se cruzan,
¿quién dará el primer paso?”
– ¿Alguien que le conoce?
– A mí que me busquen.
– “Que me registren”, te lo he dicho.
– Es verdad.
No parece indiferente.
¿Contestamos?
Querida amorosa…
Un lío de primera.
Pues sí que la han hecho buena.
Bien, pues
confirmo lo que les he dicho dentro.
Hay mucho trabajo,
hay que levantarlo todo.
Las tejas están para tirar,
las vigas y el entramado
están podridos,
vamos, que no se puede salvar nada.
– Adiós.
– Adiós, Sr. Gatheim.
– Usted tiene acento.
– No es de por aquí.
– No.
Oiga.
¿No les habrá costado mucho?
– ¿Por qué lo dice?
– Por nada, así, sin más.
Bueno, hasta más ver.
Gilipollas.
Uno más.
Ya vienen.
– Hola.
– Buenas, ¿qué tal?
¿Todo bien?
Te presento a Evelyne.
– Encantada.
– Lo mismo digo.
Jean-Paul, Evelyne.
Buenos días.
¿Te apetece probarlo?
No, he engordado tres kilos
desde que vivo en Alsacia.
Mejor te vas o rodarás.
– ¿Qué?
– Rodarás, como un barril.
¿O sea que me ves gorda?
No, eres perfecta.
¿Eso es una loncha?
Córtalo tú.
Deja mi revista.
– ¿Y con qué enciendo la chimenea?
– No la he leído.
Me encanta esta casa,
¿cuándo la comprasteis?
Hace año y medio.
Fue cosa de estos cuatro primos.
– Incluso así, es agradable.
– El milagro de la autosugestión.
– A ver, brindemos.
– ¿Por qué?
– Da igual.
– Por el tejado.
– Por favor.
– Por los fines de semana asquerosos.
– Por Evelyne, la nueva de Fernando.
– ¿Nueva?
¿Ha habido muchas?
No, no.
Salud.
Salud.
No estamos protegidos.
Nos trasladan sin preaviso,
estamos estresados,
algunos no aguantan.
Un compañero intentó suicidarse.
– Los sindicatos no hacen nada.
– Los sindicatos.
Son como Dios, están muertos.
– ¿Sí?
– Hay que luchar solo.
Hay que poner piedrecitas
en el mecanismo.
Las Brigadas Rojas.
– Mataron a gente.
Sí, fue su mayor error.
Pero a nadie le importa,
matan a miles cada día,
nadie protesta.
Hay que atacar los bienes materiales,
solo les importan sus posesiones.
Usted sí tiene poder.
Si se deshace de todo el correo
administrativo que distribuye,
no lo parece,
pero jodería al sistema.
Y así, existiría.
Existiría.
Ha estudiado mucho, Sr. Luigi.
Tengo un cerebro y lo uso.
“No me atrevo
siquiera a rozarla”.
“No me atrevo a inclinarme
hacia su
para decirle
las palabras
que queman
mis labios”, ya está.
NOTO SU ALIENTO.
“Yo también”.
“Respiro su perfume,
flota en el aire
y me embriaga totalmente”.
¡Mierda!
Mierda.
Agathe.
Hola, Alessandro.
Es asombroso verla aquí.
Quería despedirme.
¿Está curada?
Siempre me ha gustado la mañana.
¿Recuerda aquel poema que me leyó?
“Todos los soles al amanecer
siguen un poco adormecidos”.
“Aletargados,
indolentes,
no les importa el día ardiente
que les espera,
los hombres, la muerte o la guerra”.
“Los soles al amanecer son niños
indiferentes al tiempo”.
Qué día tan bueno.
Me voy de viaje.
¿De viaje?
Sea feliz, Alessandro.
– Mary.
– Tanto que decir en tan poco tiempo.
– Te espero.
– Pero hay algo más allá, Mary.
Quería decírtelo antes de partir.
Aquí…
Aquí no tenemos palabras
para este amor.
Nuestro amor es mayor
que cualquier otro.
Oigo las flores crecer.
Las campanas tocar
por la vida y la muerte.
Acabamos de empezar a vivir, Pete.
– Mary, yo…
– Lo sé.
No hace falta decir nada más.
Adiós, amor mío.
Ya no habrá temores ni dolor.
Descansa durante un tiempo.
Volveremos a estar juntos.
Para siempre.
“El Tribunal Internacional
no puede aceptar su denuncia
y procesar al Sr. Silvio Berlusconi
por un crimen de lesa humanidad,
ejercer ilegalmente la medicina… ”
– ¿Ejercer ilegalmente la medicina?
– Se coló.
“Tortura psicológica
y corrupción de menores”.
“Por otra parte, los términos
“genocidio intelectual”
y “barbarie mental” no existen
en las categorías jurídicas… ”
– Te veo, imbécil.
– Perdona.
“… que son competencia del tribunal.
Atentamente, bla bla bla”.
– ¿Qué harás?
Seguir.
Bravo, buena suerte.
– Estoy asqueado, asqueado.
– No.
No te rindas,
es una lucha digna, Luigi.
Las mujeres nos entendemos.
– ¿Qué tal si llamas antes?
– ¿Para qué?
Pues no sé, podría estar en pelotas.
– ¿Qué hacéis?
– Los deberes de literatura.
Digo yo que no hace los deberes
en pelotas.
– Eres gilipollas.
– ¿Es esto?
“La literatura no es la vida,
es mucho más”.
“Analizad y comentad
esta frase de James Joyce”.
– ¿Eso dijo Joyce?
– Al parecer.
Mejor te ayudo yo,
con Malou sacarás un 3.
– Gracioso.
– ¿Qué pasa?
No me digas
que ahora entiendes italiano.
Vamos, Sidharta.
James Joyce,
un gran escritor irlandés.
¿De verdad dijo eso?
Dijo una idiotez y una cretinez,
sinceramente.
¿Y qué ocurrió?
Fui al hospital,
había muerto esa misma mañana.
Intentaron avisarme,
pero me había dejado el móvil.
No lo soñé.
Te lo juro, Béatrice, no lo soñé.
Otro fantasma en tu vida, Sandro.
– ¿En la tuya no hay?
– No muchos.
Me gustan los vivos.
Ya…
Los vivos…
Bien, vamos a seguir,
tenemos mucho trabajo.
Eres gloria y esperanza,
somos polvo.
De tu mano volvemos a la tierra.
Acoge hoy,
en tu reino de paz y de luz,
a Agathe,
la hermana que nos ha dejado
para unirse a ti.
Nos acordamos de ella
y rezamos, Señor.
Amén.
Mi más sincero pésame.
Por favor, por favor.
Disculpe,
¿puede decirme quién es?
Alessandro Regazzoni.
Era el lector de Agathe
en el hospital.
¿Le leía?
Florence.
Soy su hija.
Discutimos una vez de más.
Di un portazo.
Luego, un par de tarjetas cada año
con frases banales.
Era difícil.
No sabíamos hablarnos.
¿Sufrió mucho?
Era muy valiente.
Prefería sonreír.
Sí, sonreía.
Quería mucho a su madre.
Yo también.
Pero mal, creo.
Faltan las palabras adecuadas
y se dice lo opuesto.
Empieza a abrirse una grieta,
cada una está de un lado.
Desde niña, no supe
decirle lo mucho que la quería.
Lo siento.
¿Hace mucho que es lector?
Bastante, sí.
Pero no solo lee,
también habla, ¿verdad?
¿Hablaba con mi madre?
¿Le habló de mí?
Sí, un poco.
– Un poco.
Era muy púdica.
Púdica.
Nunca supe si era
una cualidad o un defecto.
Dios mío, se me ha olvidado.
He quedado con el notario,
debo irme.
No, déjelo.
Adiós.
De verdad, gracias
por lo que hizo.
– Parece conocerle bien.
– ¿De la clase de canto?
Del hospital o de la facultad,
le ve a menudo.
¿Qué le escribe?
No puedo decírtelo,
es muy íntimo.
– ¿Qué haces tú?
– Me adapto, invento.
No puedes seguir así siempre,
es hora de que se vean.
¿Quiénes?
Obama y Putin.
Siempre estáis con política.
¿Hay alguien?
Estamos aquí.
Buenas.
– Hola.
– ¿Qué tal?
¿Qué hacéis?
¿Seguís con esto?
No creceréis nunca.
¿A que no está mal?
– Sí.
– Nada mal.
– ¿Cómo vais a imprimirlo?
– Jean-Paul tiene un amigo periodista.
El tarado ha mandado
el presupuesto del tejado.
– Nos toma por imbéciles.
– Vaya capullo.
¿Tenemos pinta de primos o qué?
Buenos días.
Para nada, no, no.
Conozco la calle, el 27.
A las 3:00, de acuerdo.
Lo mismo digo, hasta el martes.
Hasta luego.
¿Hasta luego?
Se quedará con nosotros,
no hay sitio en la planta infantil.
– ¿Vamos?
– Sí.
Hola.
– ¿Cómo estás, cielo?
– Bien.
– Alessandro, del que te hablé.
– Hola, Nina.
– Hola.
– Bien, os dejo.
Hasta luego.
Ten mucho cuidado.
Es italiano, un ligón.
Venga ya.
Y bien, ¿te duele mucho?
Es el corazón, nunca late igual.
A veces va muy deprisa,
otras quiere detenerse.
Vaya.
Tengo un problema.
En esta planta solo hay adultos.
He traído libros un poco complicados.
¿Te gusta la poesía?
Sí, pero prefiero
los cuentos de la antigüedad.
– La mitología.
Traeré algo la próxima vez,
veamos…
Estoy ensayando una canción
con unos amigos.
La letra es de un poeta siciliano,
Alfio Antico.
¿Te leo la traducción?
“Silenzio d’amuri” en siciliano,
“Silencio de amor”.
“Te amo desde que estaba en la cuna”.
“Te fui dando dulzura
migaja a migaja”.
“Silencio de amor
que recorre mis venas,
no puedo alejarme de ti”.
¿Te gusta?
Es bonito.
“No lloréis, olivos”.
“El amor y la ternura vienen
de lejos”.
“Alegría amada, aliento de mi vida,
dame tu corazón, te doy mi vida”.
Siento llegar tarde,
la ciudad ha cambiado.
– Hola.
– Hola, me he perdido.
– ¿Es su Vespa?
– No, es un ciclomotor.
Gracias por venir.
De nada.
Pequeña Flor, pequeña flor:
Si lees esto,
es porque me habré ido.
Si estás aquí,
yo ya no estoy.
Nos hemos hecho mucho daño.
No quise que te sintieras obligada
a venir.
Te quise mucho.
Incluso en tu larga ausencia.
Y aunque ahora sea inútil,
me duele no haber sabido
mantenerte a mi lado.
Perdóname.
Por favor,
piensa en mí de vez en cuando.
Hazme un pequeño sitio
en tu corazón y tu memoria.
No haré ruido.
Solo estaré.
Te doy un beso, hija mía”.
Sonaba la zanfonía.
El ratón iba delante y bailaba.
Yo creía haber terminado.
¿Quién quiere una esposa,
quién busca un marido?
Veníamos mucho aquí.
Dábamos de comer a los cisnes.
Tiraba el pan con una mano
para no soltar a mamá.
Aún recuerdo el calor de su mano.
¿Se ha fijado en los cisnes?
No cambian.
Como si siempre fueran los mismos.
No envejecen.
– Le tiene secuestrado.
– No, él no quiere salir.
– Aquí tiene.
– Gracias.
Mientras se quede en casa,
no hará ninguna tontería.
¿Llegó hace tiempo?
Desde la primera elección
de Berlusconi, no aguantó.
Me han entrado ganas de conocerle.
Es un gran riesgo, créame.
¿Le gusta vivir en el sur?
Seguí a un hombre,
en algún sitio hay que vivir.
Lo que más hecho en falta
es el frío, la nieve.
– Dirá que estoy loca, debe odiarlo.
– No, no, en absoluto.
Nací en el norte de Italia,
hay montañas,
nieve.
– ¿Vuelve?
– Unos días cada año.
Ya no tengo familia cercana allí,
pero sí amigos, primos.
Es extraño, ahora…
Ahora mi país es este.
Amo a este país.
– ¿Su hija habla italiano?
– Sobre todo cuando nos peleamos.
¿A qué se dedica su compañero?
Construye puentes
y destruye otras cosas.
La relación
es cada vez más complicada.
Ahora veo
que mi madre tenía razón.
Su hija le querrá mucho.
– Últimamente no lo demuestra.
– ¿No tiene hijos?
– No, él no quería.
Quería sentirse libre.
¿Lo siente?
Antes pensaba que no.
Miraba a mi alrededor
y creía tener suerte.
Luego me di cuenta
de que me engañaba a mí misma.
Ahora lo siento.
La vida pasa,
y yo paso al lado.
Le regalo a mi hermano y a mi hija.
Lléveselos.
Hace la revolución solo.
Puede ser insoportable.
Pero si no hubiera estado,
no sé qué habría sido de mí.
Ya lo ve, los locos son útiles.
Es aquí.
Gracias por esta velada, y por…
Gracias a usted.
Me alegro mucho de…
¿Volverá?
Antes de que se me olvide…
Me dieron su teléfono
en el hospital.
No le he dado el mío.
Tenga.
Gracias.
– Adiós, Alessandro.
– Quería decirle…
Agathe.
Siempre que hablaba de usted,
su mirada se llenaba de luz.
Una luz hermosa.
– Perdone.
– Hola, Sr. Luigi.
– Hola, ¿le apetece un café?
– No puedo, me he retrasado.
– Otra vez será.
– Ya está.
Está decidido,
voy a dar un gran golpe.
Bravo.
Si algo va mal, recuerde,
niéguelo todo siempre.
Buena suerte.
Hola, Sra. Bisheim, ¿cómo está?
– ¿Puedo ayudarla?
– Déjeme en paz, tragaespagueti.
BERLUSCONI HUYE
¡Sí, se ha ido!
¡El traidor ha salido por patas!
¿Está loco o qué?
¡El traidor se ha ido!
¡Bravo, se ha ido!
¡Se ha largado a Paraguay,
viva Italia!
¡El tirano se ha ido!
¿De qué va ese mamón?
¡Viva la libertad!
¡Miren, miren esto!
No ha abierto la boca,
solo ha dicho que…
Las llaves…
Ha dicho que no cooperará
con los esbirros
del poder imperialista.
Nada más.
Aquí están.
Le identificó una vecina,
vino por el robo de una bici.
No se extrañe,
un conductor le sacudió un poco
por haberle abollado el coche.
Está aquí.
¿Es él?
Sí, es él.
– Hola.
– Hola, ¿qué tal?
Bien, ¿y tú?
¡Hola a todos!
– ¿Qué tal?
– ¿Todo bien?
– ¿Llego tarde?
– Como siempre.
Hola.
– Hola.
– Hola.
– ¿Qué tal?
– Bien, ¿y tú?
– Estás en plena forma.
– ¿Sí?
A ver, ¿has conocido a alguien?
¿Por qué?
– No.
– Este “no” significa “sí”.
No, no, de verdad.
No quieres contarlo.
“Notaba detrás suyo
la presencia de Eurídice”.
“Sabía que no debía mirar atrás
si quería liberarla del Infierno,
pero sentía un tremendo deseo
de volver a verla”.
“Orfeo andaba cada vez más deprisa”.
“A veces, habría podido jurar
que sentía en su nuca el aliento
suave y tibio de la amada”.
– Mirará atrás.
– ¿Te sabes la historia?
No, pero sé que lo hará.
¿Por qué lo dices?
Porque los muertos
no pueden regresar.
– ¿Te parece justo o injusto?
– Es así.
Sí, es así.
IMAGINO SU CALOR,
SIENTO SU MIRADA.
SU CUERPO OCUPA MIS NOCHES.
VEO SUS PECHOS,
SUS CADERAS, SUS MUSLOS.
¿Está en tu clase?
No, en otra.
¿Te estás enamorando?
No lo sé.
Vas a decir que vuelvo
a hablar de tu madre,
pero recuerdo la primera vez
que me habló de Alessandro.
– ¿Le conoció en la universidad?
Sí, acababa los estudios.
Él era… ¿cómo se dice?
Profesor asistente.
Llevaba un año aquí.
– ¿Fue un flechazo?
– Nunca mejor dicho.
No dejaba de hablar de Sandro.
Tu abuelo, que no entiende nada,
decía que había cambiado.
Se hacía cruces.
Vaya, hablando del diablo.
Cambiemos de tema, los hombres
no comprenden estas cosas.
Dijiste en Koening.
Hola, cielo.
No, te dije en el Florient,
empiezas a chochear.
– ¿Tienes una grapadora?
– Pues… no.
No grapo nada,
es un gesto muy violento.
– ¿Quién es?
– Mira la fecha y la cita.
– ¿Tienes idea de lo que hizo?
– Tu padre no me cuenta nada.
Igual es la del anuncio.
No, imposible,
lo diría en los mensajes.
Por cierto, ¿qué dice?
Ya no me dejas leerlos.
Nada, no tienen ningún interés.
Son cada vez más
intelectuales.
– ¿Qué hacemos?
– Nada, solo podemos esperar.
¿Has visto? He cambiado.
¿El qué?
El móvil está a la izquierda,
me parece más fuerte.
Mucho, sí.
Sí, mucho más fuerte.
Adelante.
– Hola.
– Hola.
– ¿Quería verme?
Cierre.
“Quiero morir
sobre tu garganta desnuda”.
“Hay que atreverse
al comunismo amoroso”.
– Escribe muy bien, Alessandro.
– ¿Yo escribo qué?
Palabras.
– Las palabras no me bastan.
– Pero…
– Alessandro.
– Déjeme.
– Alessandro.
– ¡Déjeme!
– ¡Está loca, déjeme!
– Alessandro.
Alessandro.
¡Está loca!
¡Hombre, tenga cuidado!
¿Quién es ese?
¿Es normal besar a un chico
a los 15 años?
¿A qué edad besaste a la primera?
Pero no es lo mismo, no lo es.
Todos los hombres sois iguales.
– ¿Qué comemos?
– Una ensalada.
– ¿Otra vez?
– Pues sí.
Escucha, Irina no es una alocada.
Tiene la cabeza donde debe.
Recuerdo cuando empezaste
a venir a la tienda.
Era muy pequeña,
no te dejaba ni a sol ni a sombra.
Como si os sostuvierais
el uno al otro.
No te metas con ella.
Confía en ella.
Estáis como el perro y el gato.
Se lo cuenta a Camille,
que me lo cuenta todo.
– ¿Sí?
Déjala en paz.
Trátala bien.
– Seguro que tienes razón.
– Claro.
Solo conseguirás predisponerla
contra ti.
Está enamorada.
Es bonito estar enamorado.
¿No te parece?
Mantendré la calma.
– ¿Crees que me gustó verte?
– ¡No entiendes nada!
¿Qué debo entender?
¡Que te morreas con un chico
en pleno centro!
¡Ya no sabes lo que es besar!
– ¿Qué?
– No es la Edad Media.
Vamos a ver, Irina.
– Apenas le conoces.
– ¡Llevamos semanas!
¡Semanas!
¿Qué son unas semanas?
¿Quieres que espere otros 15 años?
¿Que se aburra y se vaya con otra?
– No…
– ¡Cállate!
Estoy harta de tus gritos,
¡escúchame tú!
¡No entiendes nada de esto!
¿Quieres que me haga monja o qué?
No he dicho eso.
Mañana hablaremos.
¿Te has visto?
¿Y tu vida?
¿Qué pasa?
Tú y tus tarantelas
que curan a la gente.
A ti no te curan.
Solo quiero respirar, amar.
No quiero acabar como tú.
Solo, viejo.
Con el corazón reseco
por no usarlo.
¿Sabes lo que dices?
En vez de tratarme como a una niña,
preocúpate por ti.
Déjame tranquila.
Buenas noches.
No me hagas esto,
faltan 15 días para el concierto.
Jérôme puede sustituirme
perfectamente.
Esto es ridículo.
– ¿Qué te ha dado?
– No, nada.
Hace días que no me siento bien.
Estoy raro.
– ¿Problemas personales?
– No, no…
Estoy incubando algo.
Me siento raro, no tengo hambre.
– Voy a hacerme pruebas.
– No puedo obligarte a cantar.
Pero me has jodido,
y créeme, no te daré las gracias.
– Lo siento.
– ¡Eso espero!
– No, tú.
– No, no…
No, mejor tú, hazlo tú.
Es mejor,
eres una chica, la tranquilizará.
Venga.
– ¿Diga?
– Buenos días, disculpe,
no la conozco, pero…
Tampoco me conoce.
Pero conoce a mi padre,
Alessandro Regazzoni.
Sí, así es.
Soy Irina, su hija,
quizá le haya hablado de mí.
Claro.
Bueno, estoy con mi tío,
queremos…
Puede que le extrañe, pero…
Queremos proponerle algo.
Trae.
– ¿Eso es una berenjena?
– ¿Dónde está Irina?
Donde Camille, estudiando.
Déjala tranquila.
– No sabía que vivía aquí.
– Buenos días.
Bueno…
No se trata de su hermano
ni de su hija.
Es por una investigación,
¿la conoce?
Sí, claro, es la cartera.
¿Está bien?
Sospechamos
que incendió la oficina.
La quemó con todo el correo dentro.
El mismo día que salían
las declaraciones de Hacienda.
¿No le notó nada raro últimamente?
– ¿Algún comentario?
– No.
No entendemos sus motivos,
además, lo niega.
Mi hermano habla mucho con ella.
No suelo estar a esa hora, lo siento.
No vale la pena que le pregunte,
no abrirá la boca.
Bueno, es muy tímido.
No tenemos pruebas,
un montón de papeleo para nada.
– Gracias.
– De nada.
Dígame,
¿su hermano siempre se viste así?
No, no, se cambia de pijama.
Adiós.
¿Qué has hecho?
Luigi, ven aquí, estúpido chiflado.
Mira qué mona.
– ¿La abuela te lo ha dejado?
– Me lo ha dado.
Dice que debo tenerlo yo.
– ¡Mira qué pinta!
– Debía ser Carnaval.
Era muy guapa.
Y tú también.
– ¿Qué edad crees que tenía en esta?
– Unos 15 años.
Como yo.
Como tú.
– Por cierto, Béatrice dejó un recado.
– ¿Sí?
¿Cómo que no vas a cantar?
Sí, puede que no.
– Pero si llevas meses ensayando.
Si no vas, no vuelvo a hablarte.
¿Nunca?
Es mucho tiempo.
¿A QUÉ SE DEBE ESTA AUSENCIA?
SUEÑO CON SU CUERPO DIEZ,
SU MIRADA ARDIENTE, SU CULO,
CONTÉSTEME.
Querida señora,
la operación ha sido un éxito.
Tiene un pecho perfecto,
ninguna cicatriz.
Pero debajo del pecho izquierdo,
si se fija…
Una reacción alérgica
muy localizada.
Desaparecerá en unos días.
¡ITALIANO PICHAFLOJA!
SOLO SABES HABLAR.
Qué difícil es encontrar la forma
de pasar una velada contigo.
Si vamos a bailar, es muy posible
que no la acabes conmigo.
Con suerte, terminaremos
en un sitio tranquilo
tomando una copa o dos.
Inevitablemente acabaré diciendo
algo estúpido como “Te amo”.
Ya está.
Nos vemos luego.
– Es la gran noche.
– Es un concierto, no la revolución.
– ¿Cómo se llama?
– Aurélien.
Bonito nombre.
Es un cambio después
de tantos Brandon, Kevin, Davy.
Tráele a casa un día.
Si no es un capullo.
Adiós.
Te amo.
– Contestador de Florence.
– Hola.
Hola, Florence, soy…
Soy Alessandro Regazzoni.
Hola.
Espero que esté bien y que…
¿Cómo diría?
Espero que haga buen tiempo.
Que no llueva mucho ni haga viento.
Bueno, pues,
soy Alessandro Regazzoni.
Hasta pronto.
“Espero que haga buen tiempo”.
Alessandro Regazzoni,
eres un capullo de primera.
Un capullo sin par.
– Date prisa, llego tarde.
– Ya está.
– ¿Y los pantalones?
– Ahí.
Ya está bien.
– ¿Y los botones?
– Está perfecto.
– Cuélgalo para que no se arrugue.
– Que sí, mamá.
¿De verdad no quieres venir?
Venga.
No saldré mientras ya sabes quién
siga en el poder.
Adiós.
Mierda.
Mierda.
Germain.
¿Cómo está?
Es un placer volver a verle.
Sinead, mi novia irlandesa.
Chicos, chicas,
venid aquí, por favor.
Unas cosas antes del concierto.
¿Hemos afinado, hemos calentado?
¿Las partituras están en orden?
Bien, adelante.
Te amo desde que estaba en la cuna.
Te fui dando amor
migaja a migaja.
Silencio de amor
que recorre mis venas,
no puedo alejarme de ti.
Silencio de amor
que recorre mis venas,
no puedo alejarme de ti.
No lloréis, olivos.
El amor y la ternura
vienen de lejos.
Alegría amada, aliento de mi vida,
dame tu corazón,
te daré mi vida.
Alegría amada, aliento de mi vida,
dame tu corazón,
te daré mi vida.
Mis pensamientos están vacíos
y faltos de color.
Solo si una madre olvida a su hijo,
podría yo olvidar mi amor por ti.
Te amo, pequeña mía.
Podría yo olvidar mi amor por ti,
pequeña mía.
Alejaos de mi amada, gorriones.
Cantad por ella en muerte y en vida.
El campo es como el mundo entero.

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