Donnie Brasco 1997 Spanish en Español

Posted by on April 18, 2012

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SEXO LOCO
SEÑORA, SON LAS OCHO
Domenico, ¿me has traído
té o café?
– Café. señora
– Pero, ¿no te había dicho té?
No, señora, me había dicho café.
Había dicho té. Vamos a intentar
entendernos, Domenico.
Muy bien, señora.
– ¿Domenico?
– Sí, señora.
La toalla de baño, por favor.
– Pero, ¿qué haces? ¡Qué torpe eres!
– Se ha enganchado, señora.
Dame un pequeño masaje.
Sí, está bien, Domenico.
Ya basta.
Señora, el café se enfría.
– ¿Se lo sirvo ya, señora?
– Sí.
Lo he hecho con puro
café tostado del Brasil.
Pero, Domenico, ¿qué haces?
¿En qué estás pensando?
– En mi madre, señora.
– Piensa en ella, en otro momento.
Perdone, pero siempre
pienso en ella. Lo siento.
Estaba distraído, señora.
¿A que hora has dicho que
te vas esta noche, querido?
A las ocho. Esperemos que
el tiempo sea bueno.
Si hace un temporal como esta
noche, bonito viaje voy a tener.
– ¿Ha habido un temporal? -Parecía el fin
del mundo. No me digas que no lo has oído.
Pues te lo digo: no lo he oído.
¿Cómo es posible? Si ha habido truenos, que
podían haber despertado hasta a un muerto.
Será por la cura que estoy haciendo; apenas
consigo despertarme por la mañana.
¿Champagne, señor?
Domenico, estate atento. No
vayas a hacer otro desastre.
No piense en su madre.
¿Ha llamado la señora?
Sí, Domenico. Despiérteme a las
cinco en punto.
Debo acompañar a mi marido
al aeropuerto.
Está bien, señora.
¡Señora! Son las cinco.
¡Señora! Son las cinco.
¡Señora! Son las cinco.
Señora…
Señora Juliette…
Señora… Son las cinco,
señora.
Dice que me ha despertado a las 5,
pero me he dormido hasta las 6.
Parece que se ha olvidado
de despertarme.
Me parece extraño en un muchacho
tan serio…… tan cuidadoso.
Si, pero es un poco indiscreto. Tengo la
impresión de que siempre me está mirando.
No me quita los ojos de encima.
No hagas caso. Todos los criados
se enamoran de sus patronas.
– ¿Y el que teníamos antes? – Ese no
se interesaba por ti, sino por mí.
Sí, pero me robaba siempre las medias
de seda. Creo que eran su debilidad.
Adiós, cariñito.
Adiós querido.
Coca Cola 21.000
General Motors 26.400
ATW 32.000
Kawasaki 36.200
Montedison 20
Ford 48.000
Alfa Sud 3
– Franco +15. Lira -20
– Ya basta, Domenico. Cambia
Ya cambio.
– Berna. Un “traballador” italiano asesina
de “treintaydus”… -Treinta y dos.
… de treinta y dos cuchilladas
al amante de su mujer.
– ¡Muy bien hecho!
– ¡Basta, Domenico!
– Buenas noches.
– Buenas noches.
– Vete.
– Ya me voy.
– Domenico.
– Sí, señora.
No te olvides de regar las flores,
antes de ir a acostarte.
Está bien, señora.
– Domenico.
– Sí, señora.
Despiértame mañana por la
mañana a las 8. Buenas noches.
A los 8, puntualísimo.
Buenas noches, señora.
Señora… son las 8.
Las 8, señora. El té
esta listo.
Señora, señora…
son las 8.
Perdone… perdone la confianza,
pero son las 8.
Esté tranquila, que no
ensuciaré las sábanas.
¿Me oye, señora?
Que ya son las 8, señora.
¡Hermosa, cuánto me gustas!
¡Asquerosa, puta, gran
puta y patrona mía!
¡Déjate ver!
¡Que almejita tienes! Y
tú no mires, cornudo.
Perdone, señora,
pero son las 8.
Yo… señora.. me estoy
atreviendo demasiado.
Perdóneme, señora, son las 8,
pero no se despierte, por favor.
¡Qué rápido he sido!
Señora… son las 8.
¡Señora!
¿Buenos días, señora!
¿Ha dormido bien?
– ¿Qué hora es, Domenico?
– Las 8 y pico, señora.
– El desayuno, señora.
– Gracias, Domenico.
¿Sabes que cuando me despertaste
esta mañana me volví a dormir?
– No he pegado un ojo en toda
la noche. – Lo siento, señora.
Casi, casi, creo que volveré
a echar un sueñecito.
– Despiértame a las 11.
– Está bien, señora.
Pero, Domenico, ¿a dónde
te vas con el desayuno?
Tiene razón, señora.
Pero, Domenico, pon un
poco de atención…
¿Y qué es lo que me has
traído? Había dicho té.
Domenico, pero ¿dónde
te has escondido?
DOS CORAZONES Y
UNA BARRACA
¡Mierda! Nadie te lo
va a comprar.
(SE VENDE)
– ¡Papá!
– ¿Qué haces? ¿Estás espiándome?
¿No sabes que eso
no está bien?
– ¿Qué ha hecho tu mamá, hoy?
– Nada.
– ¿Ha venido alguien mientras yo no estaba?
– ¿Por qué? ¿Quién tenía que venir?
– Las preguntas las hago yo
y tú respondes. – ¡No, nadie!
Muy bien.
Entonces ven.
No hagas ruido.
¡Quieto!
¡Pasa, Agapito!
El jefe nunca llama, ¿eh?
Escribes “guerra” con
una sola “r”. ¡Ignorante!
Mírala, siempre preparando la
cena, en el último momento.
Me gustaría saber qué es
lo que haces todo el día.
¿Y tú, fumando en pipa? Vas
a prender fuego a toda la casa.
¿Qué que hago? Entre la manicura,
la canasta y el té de las cinco…
… el día se pasa sin que
una se dé cuenta.
¡Sé bueno!
– No me vengas con quejas, ¿pretendes
discutir? – Sí, claro, quiero discutir.
Mira que he encontrado una mancha de
carmín en la camisa y no te he dicho nada.
– Pero, ¿qué camisa?
– La roja
– ¿Carmín? Si ahora las mujeres ya
no lo usan. – Era una mancha antigua.
¡Vaya, ya estamos con la
historia de siempre!
Cuando quieres disimular algo,
siempre te metes conmigo,
… para cambiar de tema.
¡Te has puesto el vestido nuevo!
¿A dónde has ido, desgraciada?
He ido a comprar un jarabe para
Claudio, que tiene tosferina.
¿Lo entiendes? Claudio
tiene tosferina.
Siempre las mismas malditas
tonterías. Y ¿por qué has ido tú?
¿No podías haber mandado a
Gaby, que ya es grandecito?
Mira, si yo no hubiera ido, a él sin
dinero no se lo hubieran dado.
Claro y a ti te lo dan, porque quizás puedes
hacerle un favorcito al farmacéutico.
Mereces que te maten.
¿De quién es este periódico?
¡Fuera, fuera!
¡Afuera todos!
¡Vamos, vete!
¡Vamos, confiesa!
– ¿De quién es este IL GLOBO?
– Y yo qué sé. Será tuyo.
Sí, mío. A mí no me interesan
las cotizaciones de la bolsa.
Vamos, ¿quién ha venido? Dime
la verdad, ¿quién te lo ha dejado?
Me lo habrá dejado Agnelli, quien seguro
ha venido para alquilarme una cama.
Sí, tómatelo a broma. Si no es Agnelli,
seguro que habrá sido otro cualquiera.
Porque la verdad es que cuando no
estoy yo, siempre viene alguien.
Pero recuerda que el día que tenga
una prueba flagrante, te mataré…
Como que Dios existe que te mato con
mis propias manos, sucia asquerosa.
Asqueroso serás tú que te pasas el día
coqueteando con otras mujeres.
– Idiota. – Idiota serás tú y la puta
de tu abuela, que fuma en pipa.
Pero es que… yo te mato…
te mato…
Seré yo quien te mate,
hijo de la gran puta.
No, con el vino no. Dame
la botella. Dame la botella.
Sé que tienes escondida en los
zapatos la fotografía de Soraya.
La he puesto ahí, porque tengo
un agujero en la suela.
Mierda, ¡qué puñetazo me has dado!
Aún estoy mareada,
– ¿Estás aún haciendo caca, amor?
– Debe ser por el vino que he bebido.
– Me he ensuciado todo.
– Uno, dos, tres, cuatro.
Pero estoy contenta. El hombre
es hombre y debe mandar.
– Sí, siempre mandar, pero ahora voy
a echarme un rato. – Duerme, amor.
– Vayamos a dormir.
– Ya vengo.
– A ver si este domingo hace un buen día.
– 9, 10, 11. Sé bueno, duerme…
– …12, 13, 14…
– Celestina,
… ven aquí, que ya verás qué bonita
sorpresa te tengo para esta noche.
Conozco tus sorpresas, pero no hagamos
ruido, para que no lo oigan los chicos.
¡Ven aquí! ¡Ven aquí, hermosa!
Dime una cosa: ¿de quién eres?
Soy todo tuya. Te daré todo
lo mío, pero que no nos oigan.
– Dime cositas.
– No, que pueden oírlo.
Pues, finge que hablamos
de otra cosa.
¿Qué quieres que te haga
mañana para comer?
– Hazme calabacines.
– ¿Te los hago con bacalao?
– No me sientan bien. – Querido,
¿que te parecen unos garbanzos?
No, garbanzos, que luego
me dan diarrea.
– Hazme pimientos que son más ligeros.
– ¿Y no te apetece bróquil, amor mío?
– Sí, eso es mejor: bróquil.
– Está bien; te lo haré frito.
– Sí, en la sartén y con ajo.
– Sí, te lo haré con ajo…y pimientitos.
– Ponle también un poco de salvia.
– ¡Sí, salvia… salvia! ¡Ahhhhh!
¿Decías algo, amor?
NUNCA ES DEMASIADO TARDE
Señorita, durante un rato no
quiero que me molesten
Muy bien, señor abogado.
¡Hola, pichoncito!
Buenos días, amor; soy yo.
Este jueguecito se está convirtiendo
en algo absurdo y vulgar
¡Qué hermosa te vuelves
cuando te enfadas!
Mire, podría enfadarme de
verdad… y llamar a la policía…
No, eso si que no lo
harás, pichoncito.
Ninguna mujer puede ser
insensible a un amor sincero.
Porque eso es lo que soy:
un hombre tan enamorado, que desearía
estrecharte fuertemente entre sus brazos.
¡Éste debe de ser un loco!
Un loco o un viejo cerdo.
– ¡Enrico! – ¿Eh?
– No tengo sueño.
– Lee algo.
– ¡Enrico!
Éste es el último número,
cariño.
– ¿A dónde vas?
– Tengo sed. Vuelvo en seguida.
¡Enrico! Vuelve rápido.
Tiempo de Economía
6… 4….
Amor, sólo quería darte
las buenas noches.
No, no te enfades ni me
digas cosas feas, pichoncito.
No, no estoy loco, sino sólo
enamorado de ti…
… y no puedo dormirme, si antes
no puedo decirte que te amo.
Te amo.. te amo…
te amo.
¡Hola, pichoncito,
pichoncito mío!
¡Oh, no!
¡Siempre tienes las ventanas
abiertas, Valeria!
Pero, ¿qué querrá de mí
este loco?
Pero, ¿qué querrá?
No tengo ninguna duda al respecto. Figúrate
que aún lleva en la cartera una foto de Golda Meier.
¡Oh, no, no! Para él la mujer se
vuelve deseable a los 70 años.
¿Y yo qué sé? Gerontófilo,
gerontólogo y todo ese rollo…
– ¿Hace mucho que esperas, Carlo?
– Sí, mucho; pero no soy Carlo.
– Déjame entrar, pichoncito,
déjame entrar. – No, no. ¡Váyase!
Déjeme en paz. Soy
una pobre anciana.
Eres maravillosa. No tengas miedo
de mí. No quiero violentarte.
– Sólo estoy locamente…
– Pero, ¿qué es lo que quiere de mí?
– Podría ser su abuela.
– Quiero un beso.
Hace días que pienso en
el fuego de tus labios.
¿Y por qué habría de besarle? No
somos ni siquiera parientes.
– Y además, ¿por qué me tutea?
– Porque te deseo. -¡Oh, Dios mío!
No te escapes. Tienes
que ser mía, sólo mía.
Ya verás que bonito será; pero no me
mires con esos ojos de gacela moribunda.
¡Pobre pichoncito!
¡Pichoncito mío!
¡Mira, mira! Te he
traído “marron glacé”.
¿Cómo sabes que me
gusta el “marron glacé”?
Lo sé todo de ti, Esteria.
Es un licor que he hecho
con mis propias manos.
Un buen vasito de Marena.
Es un licor sin alcohol que
me enseñó mi madre.
Me prometes que serás
un buen chico, ¿eh?
– Y de no tocarme ni siquiera
con un dedo. – Te lo prometo.
¡Por nuestro amor!
¡Qué ojos de diablo
que tienes!
¡Pichoncito mío!
Pichoncito, dime la verdad.
– ¿Cuándo ha sido la última vez que…?
– La única vez fue durante la guerra.
– ¿En 1940?
– No, en 1915.
Fue con un capitán… austríaco.
– ¿Lo amabas?
– Con locura.
Desertó por mí. Lo fusilaron.
¡Pum, pum, pum!
¡Qué terrible!
– Espera, ¿le amas todavía?
– No, ahora te amo a ti, Enrico.
¡Oh, Enrico!
¡Oh, Enrico!
¡Oh, Enrico!
¡Ohhhhhhhhh!
¿Has comprendido, Valeria?
– ¡Enrico!
– ¡Esperia!
Pero, ¿qué haces tú aquí?
¿Que qué hago aquí? Más bien,
eres tú quien debe decir lo que hace.
¡Ah, sí! Había venido a verte.
Por la mañana siempre estoy fuera
de casa y tú lo sabes muy bien.
– Lo sé, pero pasaba por aquí
y pensé qué… – ¿Pensaste?
Al menos, sé sincero
y di la verdad.
Has venido porque sabías que
Valeria estaba sola en casa.
¡No, estás de broma!
Es casi una niña.
Está bien. Pero a partir
de mañana…
… llevaré a Valeria conmigo,
para hacer la compra.
– ¡Oh, Corina! ¿Cómo estás?
– Esperia, me alegro de verte.
– ¡Qué buen aspecto tienes!
– Te encuentro estupendamente.
¡Querida, ten paciencia! Olvidé
el dinero. Espérame aquí.
¡Pichoncito mío!
– ¡Qué maravilla!
– ¡Mamá!
VIAJE DE BODAS
¡Quietos! ¡Otra!
¡Quietos! ¡Otra!
¡Ya está!
– Un momento, ¿puedo besar
a la novia? – Gracias, Reverendo.
– ¡Oiga, que ésta es mi novia!
– ¡Grazia!
– Pero, ¿dónde estás?
– Aquí.
Te pones a hablar
y no paras.
– Nos veremos luego en la mesa.
– Sí, sí, mamá. – No vamos a escaparnos.
– ¡Eh, vamos a empujar! – Allá
vamos. – Venga, Lello, empuja.
¡Vino, vinillo! Abriré otra botella, para
brindar por los novios: Grazia y Lello.
¡Viva!
– ¡Rossini! – Una foto.
– Dense un beso.
¡Vayamos a bailar!
– ¡Toma! – ¡Aquí tienes!
– Gracias.
– ¡Allá va!
Toma, Marta, ponlo debajo de
la almohada y así…
– … también tú te casarás. – ¿Y con quién?
El mejor te lo has quedado tú. – Gracias.
¡Qué culo tan bueno tienes! ¿Por qué
no te vienes también de viaje de novios?
Pero, ¿qué te pasa? Te acabas de
casar y ya empiezas. ¡Qué cerdo eres!
Es sólo un homenaje a la belleza y
tienes tantas cosas bonitas escondidas.
Si estás tan interesado en esas cosas,
debías de haberlo pensado antes….
… no ahora que te has casado.
Demonio, pórtate bien.
Nello, no te canses mucho, porque
esta noche se te acabarán las fuerzas.
¡Pobre Grazia! Un esposo así, seguro
que le va a poner muchos cuernos.
Mirad al cura bailando con esa vieja.
Que tenga cuidado o se irá al infierno.
Grazia, es tarde, El tren se va dentro
de una hora y te tienes que cambiar.
¡Aquí está mi esposa,
mi mujercita hermosa!
¡Voy a desnudar a mi esposa!
La esposa sabe desnudarse sola.
No me digas que sola.
– ¿Sabes que me gustas más
que tu hija? – ¡Mentiroso!
En Venecia, acuérdate de
ir al Hotel Adriático.
– Tu madre y yo también estuvimos…
– Basta, papá, ya lo he entendido.
¡Hotel Adriático!
No soy ningún imbécil.
– ¡Vamos, Grazia! – Ya voy. – Que te
den la habitación 35. Acuérdate.
No le hagas caso a tu padre. Era
la habitación 28, no la 35.
– Acuérdate, Grazia, de todo lo que dice
tu madre. – ¡Grazia!- Ya vengo, Lello.
– Porque también tu padre es un cerdo.
– Adiós, mamá. Adiós,
papá. – Adiós.
No le hagas daño a mi niña,
sucia bestia morena. – Adiós, mamá.
No se preocupe, señora, cuidaré
de ella, para que esté contenta..
No puedes negarte.
Soy tu marido.
– Soy tu marido. – Pero es que se me
No, Lello. Estamos en el
tren. ¿Te has vuelto loco?
No puedo aguantarme más.
Tengo que follar.
Veamos si hay sitio libre.
Nos hemos casado hace
unas pocas horas.
Tendríamos que decirles que
ya hemos salido del túnel.
¡Qué guapo eres! No me
canso nunca de mirarte.
Ya sé que soy guapo, lo sé.
Pero mira qué bella es Venecia.
Me importa un comino, Venecia.
Quiero mirarte a ti.
Si me miras así…
despiertas a la bestia.
– Y si se despierta la bestia… – No
seas así. Hay gente mirándonos.
Aunque a mí también me
están viniendo ganas.
Ya estamos llegando
al Hotel. ¡Cálmate!
¡Pórtate bien!
Un poco de paciencia, ¿no?
– Pero, Grazia, ¿qué estás haciendo
allí? ¿No vienes? – Ya vengo.
– ¿Te gusta?
– ¡Estás como un camión!
Lo he bordado con mis propias
manos. He tardado seis meses.
– Pero, ¿qué haces? ¿Duermes
sin pijama? – Sí.
Me gusta dormir desnudo,
como me parió mi madre.
Pero, ¿qué haces? Ven
conmigo. Ven a mi ladito.
¡Oh, Lello! ¿Me juzgarás mal si te digo
que he soñado con este momento?
No, ¿por qué te iba
a juzgar mal?
Cuando dos están enamorados,
el amor físico es algo natural.
Piensa que esta noche no me
importa nada, perderlo todo.
Quiero que esta noche estés
desnuda. ¡Quítate el camisón!
– ¡No! – Y la cadenita.
– Pero, me da vergüenza.
¡Quítate el camisón y la cadenita!
¡Date prisa! ¡Vamos!
– Entonces, apaga la luz.
– Sí.
¡Ostras, qué guapa estás?
¿Sabes lo que pareces?
Pareces la Venus de “Botticini!.
Pero, ven. Date prisa,
Grazia.
Rápido, querida. Date prisa,
porque no me puedo aguantar.
¡Vamos! Ven aquí.
Pero, ¿qué haces con las bragas
puestas?
¿Tú madre no te ha enseñado
que te las debes quitar?
– Te las quitaré yo.
-No me hagas daño, Lello.
Pero, ¿qué daño?,
¿qué daño?
Cuatro veces quiero
hacerlo; cuatro.
Grazia, Grazia, encomiéndate
a San Petronio,
… porque esta noche quiero hacerlo
cuatro veces. No, cinco, cinco.
¡Dale, Lello!
¡Dale, Lello!
¡Lello! ¡Lello!
¡Lello! ¡Lello!
¡Lello! ¡Lello!
¡Lello! ¡Lello!
¡Lello! ¡Lello!
Pero, ¿qué te pasa?
¿Qué te sucede?
No, Grazie, no, Mira, esta
noche… no me encuentro bien.
– Pero, ¿así de repente?
– Sí, así de repente.
Esta noche te habrán sentado mal
los canalones. Te comiste cuatro.
Sí, serán eso cuatro malditos
canalones de esta noche.
Pero, ¿qué haces? Apaga esa
maldita luz. Déjame a oscuras.
¿Quieres dormir?
Sí, sí. Quizás será mejor
que me eche un sueñecito.
No será nada. Ya verás cómo
se me pasa en seguida.
No te preocupes, Grazia.
¿Sabes que hoy me siento bien?
Me siento muy bien.
Menos mal. Ayer me diste
un buen susto.
Tienes razón, pobrecita. ¿Qué
debes de haber pensado
Seguramente te habrás dicho: Mira
con qué tipo más raro me he casado.
– Sí. – Pues no era nada,
querida.
Me he echado un buen sueñecito
y se me ha pasado todo.
– ¿Estás seguro? – Toca un poco
aquí, mujer de poca fe.
– ¡Gondolero! ¡Rápido al Hotel
Adriático! – Está bien.
¡Deprisa!
¡Deprisa! Más rápido.
¡Muy bien, Lello!
¡Vamos, Lello!
¡Lello!
Grazia mía, me temo que
no hay nada que hacer.
– Me sabe mal.
– También a mí. – Sí.
– ¡Bravo, Lello!
– Pero, ¿de qué depende?
¿Yo qué sé? Pregúntaselo a
mi polla de qué depende.
¿Te había pasado antes
con otras mujeres?
Bueno… No… sí.
Alguna vez, quizás.
Casi siempre.
Oye, tienes que jurarme que esto
no lo sabrá nunca nadie, ¿eh?.
¿Te preocupas de los otros
y no piensas en mí?
Claro que pienso en ti; claro que sí.
Pero esto es una cosa pasajera; pasará.
Esperémoslo.
– Lello, me has dicho que casi
siempre. – Sí.
Entonces, alguna vez…
Sí, una vez en Rimini,
con una alemana…
Íbamos en barco.
El mar estaba tan agitado, que
por poco nos caemos al agua.
Me acuerdo que aquella
vez hasta repetí.
¡Qué bárbaro!
¡Grazia!
¿Me sigues queriendo?
Claro, que te sigo queriendo.
En el fondo eres mi marido…
… y eres mi hombre.
Grazia…
… has dicho “hombre”
con ironía.
Venid, mujeres, a 5.000 liras. Mañana
me buscaréis y ya no estaré.
– Yo os vendo el pantalón y vosotras…
– Lello, ¿cómo me queda?
Pero, tesoro mío, si tienes un culito
precioso y eso se valora mucho.
– Lello. – Dime, – ¿Me sentará
bien éste? – Amor, date la vuelta.
Con este don que Dios te ha dado,
necesitarás una talla más. Prueba la 46.
– Vengan, señoras. – ¡Hola, Nello!
¿Qué tal el viaje de bodas?
No ha estado mal.
Hicimos todo lo que pudimos.
– ¿Y tu mujer? – Mi mujer está
recuperándose… porque…
… nuestros encuentros fueron
muy violentos.
– Estás realmente loco.
– Gracias, amor.
Venid, mujeres. Me buscaréis
mañana y Lello ya no estará aquí.
– Buenos días, ¿qué desea?
– Camillo, ¿tiene tarta helada?
– ¿Pequeña o grande? – Pequeña.
Sólo es para Lello y para mí.
Pero, ya verá cómo pronto
aumenta la familia.
– Claro, para eso me he casado.
– Enhorabuena.
– ¡Ah! ¡Hola, Giovanna!
¡Hola, Marta! – ¡Hola, Grazia!
– Siéntate aquí. – Sólo un momento,
mientras espero la tarta.
Te encuentro muy bien, ¿sabes?
¿Estás ya encinta?
Bueno, no sé; es posible.
Aunque me parece que sí.
Feliz tú, porque cuando yo pienso que
podría estar embarazada, tiemblo.
– Cásate, entonces.
– Ya.
Y Vittorio y tú, ¿cuándo
os decidiréis?
No lo sé. Vittorio no es
como Lello.
Mira, si es por eso, has de saber que
Lello siempre me había respetado.
– ¿Incluso antes de casarte?
– ¡Claro! Después…mmm.
¿Sí? ¿Y qué efecto produce
el dormir con un hombre?
¿Es verdad que a veces, por la
noche, te despiertan para…
Bueno, a veces sucede. Es tarde,
chicas. Tengo que dejaros.
– Adiós, Grazia.
– Adiós.
– Aquí tiene, señora. – Gracias, Camillo.
– Cuídese. – Muy bien, gracias.
¡Lello! ¡Lello!
¡Lello! ¡Lello!
– ¿Te acuerdas de la alemana?
– ¿Qué alemana?
Aquella con la que hiciste
el amor en el barco.
Habíamos quedado en no
hablar más de eso.
Pero debemos de hablar.
Es importante.
¡A ver… hablemos!
¡Vamos!
– ¿Con qué otra hiciste el amor?
– ¡Qué ocurrencia! Pero, ¿qué pretendes?
Dímelo. Es importante.
– Con la mujer de mi primo. – Bravo.
¡Qué cerdo! ¿Y dónde lo hicisteis?
¿Cómo quieres que me acuerde?
¡Ah, sí, en un camión!
El marido conducía y nosotros detrás
nos dedicábamos a hacer el amor así.
¡Lello! ¡Qué estúpido!
Ahora lo comprendo todo.
Cuando nos fuimos de viaje de novios,
estabas muy excitado en el tren;
… en la Góndola estabas excitadísimo;
pero, en cambio en la cama, nada.
– No está mal. – ¿Cómo que no está
mal? En la cama, nada. ¡Nada!
Como quieras; nada.
Un día después, en la góndola,
estabas tan excitado,
… que tuvimos que volver al Hotel.
Pero todo fue inútil.
En resumen: sólo has podido hacer
el amor en barco o en un camión.
Y esto, ¿qué te hace pensar?
Pues que dos veces en treinta
años es más bien poco, me parece.
No. Que tú, para hacer el amor, necesitas
estar en un medio de transporte.
Pero, ¿que cosas dices?
Lello, piénsalo. ¿No sabes que el
tren y el coche estimulan sexualmente?
Son afrodisíacos.
Según tu teoría tendríamos que
hacer el amor en coche o en avión.
¡Qué idiotez! Lees demasiadas novelas
de fantasía y ciencia-ficción
¡Vamos! ¡Déjame dormir!
– Pero, ¿qué haces?
– Vamos, Lello. – ¡No!
– Suéltame. ¿A dónde me llevas?
– Vamos, Lello. – ¡Qué vergüenza!
– ¡Hagamos el amor en el ascensor!
– ¿Y qué dirán los vecinos del Edificio?
Grazia no eres una persona
normal. Aquí me da vergüenza.
¡Vaya, tenías razón!
Aprieta los botones.
¡Funciona! ¡Funciona!
¡Que no se pare!
¡Sí, así! Ponte así.
Pero, ¿qué es lo que pasa?
¿Ha robado alguien en
el piso del abogado?
¡Han matado a alguien!
Yo soy un general.
¡La policía, la policía!
VUELVE PEQUEÑA MÍA
Rubito, ¿me quieres a mí?
No, esa chica pelirroja,
por favor. La del pelo rojo.
¡Tamara!
5.000 liras en el coche y
10.000 en la casa.
Señorita, ¿vendría Vd.
a mi casa?
– Entonces serán 10.000. – Si hace
todo lo que le diga, le daré 20.000.
¡Madre mía!
¿Qué es esto?
No es nada.
Es mi mujer.
¿Tenemos que hacerlo los tres?
No. Es una muñeca de
tamaño natural.
La compré cuando me
dejó Rosetta.
La he vestido igual que ella.
La he puesto alguno de sus
vestidos, su ropa interior.
Por las noches hablo con ella
y… me siento menos solo.
Venga, que le enseñaré el resto
del apartamento, señorita.
Pero, ¿por qué te ha
dejado tu mujer?
Verdaderamente ella nunca
me habría dejado.
Fue él quien la obligó.
Le decía siempre:
Elige, ¿él o yo?
Ella me habría elegido a mí,
pero él la amenazaba.
– Pobrecito, lo siento mucho.
– No, tesoro. La vida es así.
– ¿Está bien así?
– Claro que está bien.
¿No serás, por casualidad,
un maníaco sexual?
¿Está de broma, señorita? El psiquiatra me
ha dicho que soy absolutamente normal.
Tengo incluso una demanda en
curso por abandono de hogar.
Pero, mire… Debería recogerse
un poco el cabello.
¿Ve cómo lo llevaba?
Un poco recogido…
más o menos.
– Pero, ¿qué haces? – Tranquila,
señorita. No tenga miedo.
Verá, el nuestro fue un
matrimonio de amor.
La… la conocí en Asti, en una
pista de patinaje sobre hielo.
Yo patinaba muy bien, era muy
aficionado y tenía buena figura.
Tenía un buen empleo
de archivero.
Pero ella me reprochaba que
ganaba poco y era un fracasado.
Pero lo hacía por mi bien, por mi
propio interés, ¿comprendes?
¿Está bien el pelo así?
Sí, sí, está bien. Y es del mismo
color rojo que tenía ella.
Solo que Rosetta era más
bajita, más gordita.
¡Qué lástima que Vd.
no sea gorda!
¡Espere! ¡Espere!
Déjeme ver.
Déjeme ver.
Disculpe.
¡Oh, sí! Sí, sí. Se parece.
– Quizás Rosetta era más guapita.
– ¡Eh!
Bueno, ¿qué hay que hacer?
¿Qué debo hacer?
Ahora Vd. debe llegar, tocar el timbre
y decirme lo que le he escrito en el papel.
¡Ah, el papel! ¿Dónde
lo he puesto?
¡Oh, ahí está!
Aquí tiene su bolso.
“Carnaval en Montecarlo”.
Es su perfume favorito.
– ¡Qué mal huele!
– ¡Qué bueno!
¡Giansiro, Rosetta te quiere!
– ¿Qué es eso? – Nada. Es una
grácula religiosa, un pájaro indio.
Romeo, ¿qué quieres decirle
a tu Giansiro?
Rosetta te quiere.
Se, se lo enseñé yo.
– Rosetta te quiere.
– Claro, claro.
Volverá, ya verás y estaremos
otra vez los tres juntos.
Felices y contentos como
antes, para siempre.
¿Has oído? ¿Has oído?
Llaman a la puerta.
Puede ser ella, ya verás que sí.
– Rosetta te ama
– Es ella. Presiento que es ella.
Nila Pizzi. Nuestro disco,
Rosetta.
– ¿Quién es?
– Soy Rosetta.
– ¡Rosetta!
– ¡Giansiro!
– ¿Eres tú? ¿Has vuelto,
verdad? – Sí.
Has vuelto para siempre,
¿verdad?
Sí, ¿podrás perdonarme?
– ¡Cuan…cuánto te he añorado!
– ¿Qué? – ¡Cuánto te he añorado!
¡Cuánto te he añorado!
Añoraba nuestra casa, nuestra intimidad,
nuestra vida modesta y serena.
Yo te he esperado
siempre, tesoro…
… y nunca me han faltado los canutillos
de crema, esos que tanto te gustaban.
– Esta vez no son ácidos, ¿verdad?
– Solamente un poco.
¡No, por Dios! Me tienes que decir que no
están ácidos, porque eso me lo decía Rosetta.
A veces hasta me tiraba la bandeja.
Pues están buenos, buenísimos.
Parecen recién sacados del horno.
Me alegro; me alegro, Rosetta.
¿Reconoces tu habitación?
Sigue aún como la dejaste y tiene aún
el perfume, el perfume de tu presencia.
Estoy muy cansada. Querría
irme a la cama, en seguida.
¡Claro! Claro, Rosetta, en seguida.
¿Puedo ir a la cama contigo o…
… tengo que ir a dormir
en el diván?
¡No, amor! La cama es grande y
estaremos muy bien los dos.
Gracias, gracias. Seré bueno y no te tocaré
ni siquiera con un dedo. Te lo juro.
Pero yo quiero que me toques y
que me abraces fuertemente.
– Por eso he vuelto, ¿comprendes?
– ¿De verdad? – ¡Claro!
Te quiero tanto, que él ya
no me importa nada,
… aunque sea alto y robusto
como un mozo de carga.
Pero no tiene tu delicadeza.
– Pero es más joven. – Eso no importa.
Tú tienes el atractivo del hombre maduro.
– ¡Ven ¡Ven! ¡Ven!
– ¡Oh, Rosetta! ¡Rosetta!
Dime que soy el único hombre
de tu vida. Dime que me quieres.
¡Te amo, Giansiro!
Te amo.
– Diez… veinte… y estas mil
de propina. – ¡Ah, gracias!
– Ha estado muy bien.
– Ya.
Escuche, a final de mes, cuando
cobre la paga, lo volveremos a hacer.
– Sí, lo volveremos a hacer.
– Está siempre allí, ¿no?
– Todas las noches. Adiós.
– Hasta la vista.
¡Señorita Tamara! Si le pido
un favor, ¿me lo hará?
Todo lo que quiera.
¿Podría llamarme mañana,
haciéndose pasar por Rosetta?
¿Y qué tengo que decirte?
Algo que sea bonito,
lo que quiera.
Lo que se le ocurra:
45 9 23.
TRABAJADOR ITALIANO
EN EL EXTRANJERO
– Volveré a la una.
– Adiós, tesoro.
No te canses demasiado. Recuerda
que hoy cenamos con el P. Alfonselli.
– No te preocupes. Seré puntual
– Adiós. – Adiós, querida.
– Daros prisa. Adiós.
¡Pedro! ¡Pórtate bien!
¡Eh, Pedro!
¡Entrad y cerrad la puerta!
– Un besito, papi.
– Un besito, papi.
Portaos bien. Tenéis que aprovechar la
escuela para ser personas de provecho.
– Buenos días.
– Buenos días, señora.
– Buenos días.
– Buenos días.
Espere un momento.
Tiene que firmar aquí.
– Espero que todo vaya bien,
enfermera. – Por supuesto que sí.
– Buenos días, señores.
– Buenos días.
Presiento que hoy va
a ser un buen día.
– Le estaba esperando.
– Sí, vamos a seguir trabajando.
– Claro, iremos al laboratorio.
– Hoy va a ser un día grande.
Pero, ¿que le ha pasado
en la mano?
He tenido un accidente en el gimnasio,
en una demostración de judo y kárate.
¡Oh, debería tener mucho más
cuidado con sus hobbies, señor!
Sí, lo sé hermana. Pero
recuerde que soy italiano.
¡Y además, napolitano!
FECUNDACION ARTIFICIAL
DONANTES
Voy a tumbarme.
¡Más! ¡Más!
Súbala despacio.
Suficiente.
Y recuerde, hermana. Los italianos
somos hombres de verdad.
– ¿En qué está pensando?
– En nada, hermana.
Por su expresión, yo diría
todo lo contrario.
No diga tonterías, hermana.
¡Oh, Dios mío, hoy ha
batido el record!
– ¡Oh, es maravilloso! ¡Bravo!
– Todo para Vd. – ¡Bravo!
– Le apetece un poco de vino y galletas.
– Voy a tomar sólo un poco de vino.
– ¡Loado sea Jesucristo!
– Loado sea.
Me encanta el vino.
¡Muy bueno! Creo que hoy hemos
hecho un buen trabajo.
– Puede estar orgulloso.
– Claro que lo estoy.
– Bien, hermana. Nos veremos
mañana. – ¡Hasta mañana!
Y no se olvide nunca de
que soy italiano.
Hermana, ¿es aquí donde
necesitan donantes?
Sí, señor. ¿No será Vd. por
casualidad, italiano?
Porque ya han venido otros
por aquí que…
LA VENGANZA
Doña Mimma, cómase estos calabacines.
Yo misma los he hecho.
¡Pobre Michele!
Lo han matado. ¡Pobre Michele!
Lo han matado.
Y se sabe quién lo ha matado,
pero no se dice.
¡Qué triste es morirse y dejar
así a una mujer tan bella!
Quien se enfrenta a Don Alvaro,
desde luego no muere de viejo.
¡Ah, ya llega don
Alvaro Macaluso!
Doña Mimma, ha llegado
don Alvaro.
– ¡Don Alvaro!
– A sus pies, doña Mimma.
Esta casa está abierta
a amigos y enemigos.
Pueden pasar.
Don Alvaro honra al que se va
y ayuda al que se queda.
Entro como amigo.
– Le agradezco su corona, Don Alvaro.
– Era mi deber.
¿Le apetece un poco
de Marsala?
Muy agradecido.
– ¡A la salud del difunto!
– ¡A su salud!
– ¡Don Michele! – ¿Qué hace?
¿No bebe, doña Mimma?
¡A la salud del pobre Michele!
¿Y cómo ha sucedido
esta desgracia?
No tengo ni idea.
No sé nada.
¿Tampoco Vd. sabe nada,
don Alvaro?
Me han dicho que fue
un accidente.
Cuando volvía a casa en su coche,
se encontró con un proyectil…
… que venía en dirección
opuesta a la suya.
¡Ah, ya entiendo! Fue
un accidente de tráfico.
– ¡Lo han matado! – ¿Puedo rendir
homenaje al cadáver?
El cadáver se sentirá
muy honrado.
¡Le beso la mano,
Don Alvaro!
¡Don Michele! ¡Lo han matado! Y se
sabe quién lo ha matado, pero no se dice.
¡Le beso la mano, don Alvaro!
¡Vayámonos!
Guapo, joven, trabajador,
lleno de salud.
¡Cien años más podía
haber vivido!
¿Qué puedo hacer por Vd. Doña Mimma?
Hay que tener ánimo y ser fuerte.
Desgraciadamente, la muerte es la
más incurable de las enfermedades.
¡Sentémonos!
Doña Mimma, ahora está sola.
Si quiere gozar de la protección de
Don Alvaro, sólo tiene que decirlo.
¿Qué puede hacer una
pobre mujer…
– … completamente sola. – No, no
está sola, Doña Mimma. Estoy yo.
Cuando era tan sólo una niña, ya
me volvía loco de deseo por Vd.
Vd. sabe la devoción que le he tenido
siempre. Cualquier cosa… lo que quiera…
– Por favor, delante de él, no.
– Los muertos no son celosos.
– Pero aquí también hay vivos. – Los vivos
no tienen oídos cuando habla Don Alvaro.
Si quiere Vd. doña Mimma
puede ser mi mujer.
La mujer de Don Alvaro y eso significa
la primera dama de Collesano.
Es demasiado pronto para
hablar de estas cosas.
Respeto su dolor y me postro
ante su luto, Doña Mimma.
¿Cuánto tiempo deberé esperar?
– Al menos hasta mañana.
– ¿A primera hora de la tarde?
A primera hora de la
mañana, don Alvaro.
El tiempo necesario para olvidar.
Ven Mimmuzza. Te presento a
Rosalia, la reina de la casa.
¡Qué esposa tan guapa y
tan buena ha elegido!
– Eres un hombre muy musculoso,
¿verdad? – Y aún no has visto nada.
¡Gracias, Mimmuzza!
¡Qué casa más bonita, Don Alvaro!
Ahora es toda tuya,
toda tuya, igual que yo.
Hace dos o tres días que no salen.
Deben estar muertos de hambre.
Hoy, Rosalía les ha llevado
comida al dormitorio.
La última vez que se casó
estuvo así dos semanas.
Hace cinco años era más joven.
echar una ojeada.
¡Déjame ver a mí!
¡Me toca a mí!
¡Baila, Mimmuzza!
¡Baila!
¡Ven! ¡Guapa!
¡Mimma!
¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!
Y aunque es verdad que de mil
maneras puede morir un hombre,
… también es verdad que entre esas
mil maneras, Don Alvaro eligió la mejor.
¡Que muerte más bella para
un hombre de honor…
– y don Alvaro era un
hombre de honor-
… que la provocada por el fogoso
ardor de una mujer joven?
Su último suspiro no fue un doloroso
lamento, sino un frenético grito de amor.
Y si hoy pudiese asistir a su funeral,
Don Alvaro no derramaría lágrimas,
– … sino que brindaría con vino…
– ¡Valor!
No derramaría lágrimas, sino
que aplaudiría alegremente.
Viví bien y morí mejor.
Esto es lo que diría don Alvaro
Macaluso, un hombre de honor.
Dales, Señor, el descanso
eterno y que la luz perpetua…
¿Pero de verdad creías que te
había traicionado, Micheluzzo?
No, solamente te he vengado.
Todas las artes eróticas, ¿sabes?, me las
ha enseñado Carmela la Tabernera.
Tú la conocías, ¿verdad?
Me enseñó todos las artimañas
sexuales que sabía.
Para destruirlo lo excité con
cada parte de mi cuerpo.
Incluso abusó de mí
contra natura.
Pero ahora, la venganza se ha
consumado. Fue un delito sexual.
¿Cómo dices? ¿Quieres saber
si experimenté placer?
Sólo una vez se me escapó
un involuntario goce.
Pero muy pequeño, Micheluzzo,
te lo juro; muy pequeño.
Fue un orgasmo pequeñísimo,
perdóname.
¿Estás disgustado?
¿No? No me mires así,
Micheluzzo,
Entonces, ¿me puedo ir?
Adiós, Micheluzzo.
Hasta la vista.
UN AMOR DIFÍCIL
– ¿Qué, nos falta mucho?
– No, ya estamos llegando.
– ¿El número 3?
– Éste de aquí.
¡Eh tú! ¿Porque no quitas el polvo
en otra parte!
Ya está bien de echarnos toda
la porquería a nosotras.
Ya está bien. Sacude
hacia otra parte.
– ¿Eres Antonietta?
– Sí. Pero, ¿tú quien eres?
– Un hermano.
– ¿Un hermano de quién?
De Cosimo, tu marido.
¡Lárgate! ¡Iros los dos a
tomar por culo!
¡Oye, ya te he dicho que ya está bien!
A ver si escuchas de una puta vez.
Somos parientes.
Señora, ¿conoce Vd. a
Cosimo Ballardi?
Sí, sí. Vivía aquí hasta hace
más o menos un año.
Después dejó a la mujer y
se largó por ahí.
– ¿Y a dónde se fue?
– ¿Quién sabe?
– Se habrá largado con otra mujer.
Los hombres sois así. – Pero…
¡Vamos, pasa para
adentro!
Si consigo trabajo, mi primer sueldo
me lo gastaré en una mujer.
– ¿Qué dice?
– ¡Está loco!
Dicho con todo respeto, los culos
de la ciudad son más redondos.
¡Chico guapo! ¿Me quieres
también a mí?
¡Rápido, rápido!
¡La policía! ¡Rápido!
Buenas noches, comisario.
¿Me da fuego?
– ¡Ven aquí!
– Explotadores del pueblo.
Id a explotar a otros y no a una pobre
mujer, que trabaja para ganarse el pan.
¡Sucia bestia!
¡Dos cervezas!
¡Cuidado! Acabo de fregar.
Señorita, ¿puedo
invitarle a una copa?
Una cerveza.
¡Otra cerveza!
Gracias.
Gracias a Vd. que ha tenido la
amabilidad de aceptar mi invitación.
¿Podemos conversar un poco?
Siéntese, si quiere.
¿Viene Vd. frecuentemente
a este local?
No. Vengo de vez en
cuando. ¡Gracias!
Yo he llegado este mismo
día a Milán.
Y me gusta bastante esta metrópolis.
La encuentro llena de…
… llena, ¿cómo se dice?,
llena de gente.
– Perdone el atrevimiento:
¿es Vd. milanesa? – ¿Qué?
¡Ah! ¿Que si soy milanesa?
Milanesa de fuera.
Me llamo Nino. ¿Cómo se llama Vd,
si no es indiscreción? – Gilda.
¿Gilda? Disculpe, ¿está Vd.
sexualmente comprometida?
¿Qué dice?
Quiero decir, si tiene novio.
Entonces podríamos, como
se dice, vernos a menudo.
Mientra trato de encontrar un
buen trabajo, ya sabe cómo es.
¿Qué tipo de trabajo busca?
– ¿Podemos tutearnos? – Claro.
¡Está caliente!. Claro.
Bueno, busco cualquier clase
de trabajo.
Por ejemplo, podría hacer de barrendero.
Según dicen, se gana bastante.
Así podría invitarte a ver una
película o a comer una pizza.
¿Te gusta la pizza?
– Sí, a mí la pizza me encanta, siempre
que esté bien cocida. – ¿Qué pasa?
¿Bailamos?
¿No ves que tengo compañía?
Vamos a bailar, porque si no
se va a armar aquí una buena.
¡Vamos! ¡Ven, cariño!
¿Sabes bailar el beguin?
Estupendo, bailas bien. ¿Dónde
has aprendido? ¿En el pueblo?
Nino, disculpa. Me alegro
de haberte conocido.
Hemos bebido y hablado, incluso
hemos bailado; pero tengo que irme.
– ¿Así? ¿Tan de repente?
– Tengo que irme.
– ¿Y cuándo volveremos a
vernos? – No lo sé; no lo sé.
Entonces, ¿debo considerar este
encuentro sólo como algo ilusorio?
– ¿Cuándo debo por las dos
cervezas? – 600 liras.
¡600 liras! ¡Qué cara más dura!
Y ni siquiera la he probado.
400, 500 y 600.
¡Ah, el bolso!
¡Gilda! ¡Gilda!
¡Gilda!
Se ha marchado sola, arriesgándose
a encontrarse con gentuza.
Si la encuentro, le diré que
mis intenciones son serias.
Gilda- le diré- ese beso me
ha dicho muchas cosas.
Cuando encuentre un trabajo
me casaré contigo.
¡Me está esperando!
¡Pío, cuánto tiempo!
¿Dónde has estado?
Pero, si hace un rato me
dijo que no tenía novio.
¡Ah no, será su hermano!
¡Pero, qué hermano! Ésta es
una viciosa, te lo digo yo.
De todos modos, si es puta volverá
y si no es puta no la veré más.
¡Palabra de Saturnino!
Pero, ¿cuántas putas
hay en Milán?
Si no me encuentras aquí
estaré en el bar, ¿sabes?
Ha vuelto. Entonces,
es una puta.
– Adiós, Pío.
– Adiós, Gilda. – Adiós.
Pero, ¿qué haces
ahí, en el suelo?
Gilda… no tenemos nada
más que decirnos.
– Tal como comenzó, se
ha acabado. – Oh, la la!
¡Ya voy!
¡Ha sido estupendo!
Gracias, querido. Adiós.
¡Vuelve pronto!
¡Vuelve!
*No te conozco
*No sé quién eres
*Te busco en mis sueños
¿Has vuelto?
– Gilda, te he perdonado.
– ¿Que tú me has perdonado?
Lo primero, la gente bien educada
saluda y dice buenas noches.
– ¿Y qué es lo que me perdonas?
– ¿Que qué te perdono? Me has engañado.
¡Oh, qué estúpido eres!
¡Vamos! ¿Has venido para darme
un sermón? ¿Vas a darme un sermón?
¡Anda! Acompáñame a casa.
Esta noche hay poquísimo
trabajo.
– ¡Mira esto! Apenas 20.000 liras.
– ¡20.000 liras!
– ¡Dios mío! Ganas más que un
ingeniero. – Ya lo creo.
– Pero es un vicio feo. – ¿Un vicio?
¿Qué vicio? – El hacer de puta.
Es tan limpio como cualquier otro y menos
sucio que la política. ¡Anda, vamos!
¡Vamos! Y pon una cara más a
legre, que no quiero verte así.
– *No te conozco. – Gilda,
¿te has ligado a Onassis?
Dime la verdad, Gilda
¿Ese beso me lo diste porque
lo sentías o por pura rutina?
No lo sé. Yo, ¿qué quieres
que te diga?
Mira, te lo he dado porque…
me ha salido así, espontáneo.
Entonces, ¿te gustaría que
yo fuera tu chico?
No lo sé. Me gustas porque…
me pareces una buena persona.
Tú también me gustas, Gilda.
– Chicas como tú sólo las he
visto en película. – ¡Anda ya!
Te lo juro.
– Y también en revistas.
– ¡Qué estúpido eres!
Te pareces a Mina.
¿Eres Mina?
¿Sabes que me lo dicen todos? Me apasiona
Mina, ¿cómo lo has averiguado?
– Me gusta mucho, muchísimo.
– Cántame algo de ella.
– No. – Cántame algo de ella. – Me
da vergüenza. – Gilda, por favor.
– ¿Qué quieres que te cante?
– Esa canción que cantabas antes.
– *No te conozco. No sé quién
eres. – ¡Qué buen oído tienes!
¡Qué ojos tienes!
– ¡Qué ojazos! – Eres muy
simpático. – Gracias.
Bueno, como te decía…
Mira Gilda, si dejas tu trabajo,
… tú y yo podríamos llegar a encariñarnos.
Mis intenciones son serias.
Porque, primero serías mi
enamorada, luego mi novia…
… y luego, la madre de nuestros
hijos.
Sí, contigo ya sólo me faltaría hacer
de abuela. ¿Qué te pasa? ¿Estás loco?
Ya estoy casada.
Mira el anillo.
Incluso tengo un hijo:
Luigino.
Pero… vivo separada. Y
además echo las cartas.
¡Cielos! Además de puta,
estás casada.
Una desilusión tras otra. Gilda,
me has quitado la ilusión.
Guárdate todas esa palabras. ¿De
qué mundo vienes? ¿De otro planeta?
Yo soy así. ¿Qué tiene de
extraño? ¿Qué pasa?
– Pero, no te enfades.
– Sabes que te digo.
Si te gusto un poco, ven. Tomaremos algo
de comer y ya está. Y si no, ya puedes irte.
¡Pagas y te callas! ¡Eso!
– ¿Y ahora qué hago?
– No lo sé.
Te vuelvo a perdonar
otra vez.
Pero no te enfades.
– Te perdono.
Te perdono.
– Pero no te enfades.
– Cuidado con las hortensias.
¡Ya vengo!
¡Madre mía! Parece la
habitación de Nicola de Bari.
Me parece estar en
la tele, Gilda.
¿Te gusta, querido?
Me lo ha alquilado el arquitecto
Baraldi, un cliente mío.
¡También tienes moqueta!
– ¡Ah, Mark Spitz!
– Siete medallas de oro en Munich.
¿Sabes que se te parece?
Escucha…
¿Prefieres dormir en la cama
conmigo… o en el diván? No sé.
– Si he de serte sincero, nunca me he
acostado con una mujer. – ¿Nunca?
Entiéndeme: claro que he hecho
el amor, pero siempre de pie.
Por eso, si no te molesta,
preferiría acostarme contigo.
¡No es ninguna molestia,
figúrate!
Me gusta, porque a pesar de que trabajo
por la noche, siempre estoy sola.
En cambio, es hermoso oír cómo respira
tu compañero al lado o alguien que…
… te apriete la mano.
Bueno… yo me retiro
un momento.
Tú ponte cómodo y luego… si
quieres lavarte, te lavas también.
¡Amor!
¡Qué mujer tan fascinante!
Y tiene una apartamento
tan señorial.
¡Lástima que tenga esas
aficiones sexuales!
Voy a hablarle muy claro.
Le diré que el macho soy yo.
Tú, a partir de mañana,
dejarás tu profesión ilícita.
Si no, esta noche no
te apretaré la mano.
Se está arreglando
para mí.
¡Mujer barbada, mujer deseada!
Mea como si fuera un hombre.
¡Virgen santa, es un macho!
¡Virgen santa, qué he hecho!
Debo irme, debo irme en seguida.
¡Irme a la cama con
otro hombre!
Prefiero hacerlo con una oveja,
con tal de que sea hembra.
Pero Nino, ¿a dónde te vas?
Es el fin de un amor.
Me marcho.
Pero, ¿por qué?
He descubierto tu misterio,
Gilda. Eres un hombre.
Hombre o mujer, ¿qué
importancia tiene?
Tiene importancia, sí. Puta,
casada, todo eso vale.
– Pero que sea de sexo femenino.
– ¿Te preocupan esas menudencias?
No son menudencias, Gilda.
Te lo digo de hombre a hombre.
Dios perdona, yo no.
Adiós para siempre.
¡Lárgate, burgués!
¡Conformista!
– ¡Fascista!
– ¡Marica!
¿Sabes, Peppino? La verdad es que
ya me había acostumbrado a ella.
La quería como si fuera
mi amante.
Ya habíamos hecho proyectos
para el futuro.
– Y entonces fue cuando descubrí que…
– He leído en un periódico…
… que en Suecia, dos hombres
se habían casado.
¡Ah, bueno! Yo no creo en eso.
Creo que la pareja debe estar formada
por un hombre y una mujer.
Si está formada por un hombre y un
macho no es una pareja, sino una guarrada.
¡Ah! No sabes lo guapa que era.
Lástima que tuviera ese
pequeño defecto.
Aunque hablando sinceramente,
ese defecto no era tan pequeño.
¿Es a mí?
Gracias, querido, gracias.
Ya sabes dónde encontrarme.
¡He sacado 30.000 liras,
querida!
– ¿En la cama o en el coche?
– En el coche. – Y un carajo.
¡Oh, puta! Déjame ver.
– ¿Qué bonito vestido? ¿De dónde es?
– De Monte Napoleoni.
*No te conozco.
¡Nino!
¡Gi-Gilda!
Gilda, yo… yo no puedo
estar lejos de ti.
Ni yo tampoco.
– ¡Gilda!
– ¡Nino!
¿Puede un hombre elegir a otro
hombre como su legítimo dueño?
Pues, claro que puede.
Lo puede. Basta con que
lo quiera, para que pueda.
– Gilda, yo lo quiero.
– ¡Un momento!
¿De verdad?
¡Oh, Nino! ¡Nino!
¡Ya vengo!
¡Qué modales! Estaba hablando
con mi novio.
– Y además esta noche no puedo.
– ¿Por qué? – Estoy indispuesta.
¡Ah, sí!
Te lo he hecho ligero, porque
sino no te duermes.
¡Oh, pobre pequeñín, siempre con
hambre! No te comas el plato.
– Siempre tengo apetito. – Por eso
tienes ese cuerpazo. ¿Cuántas?
– Tres. – Te gusta amargo.
– Un poco.
Yo nada. No pongo nada
de azúcar en el mío.
¿Me aflojas el nudo, Nino?
– ¡Qué bella cintura!
– Sí.
-Tomemos ahora un licor
y a la cama. – Muy bien.
– ¿Has comido bien?
– Ya lo creo.
– ¿Ése es un pariente tuyo?
– ¿Quién? ¡Qué va, es Marlon!
Me vuelvo loca con ese Brandon.
– Ya me lo serviré yo.
– ¡Qué guapo eres!
Contraria, soy totalmente contraria.
Dime por qué tengo que inscribirme.
Porque es una asociación que defiende
nuestros intereses. ¿Lo entendéis o no?
Defenderá vuestros intereses, pero
los nuestros, no. – Bien dicho.
Nosotras no vamos a ir a masturbar a
los espectadores en la última fila del cine.
Nosotras, querido, no somos pederastas
ni homosexuales. ¡Somos mujeres!
– Somos auténticas señoras. – Entonces,
¿por qué te llamas Giuseppe? – ¡Que te den!
Nosotras no queremos nada
de todos vuestros problemas.
Podríamos formar parte, no sé, del
Frente de Liberación de la Mujer.
Además, no nos avergonzamos nada
de lo que somos. ¿Qué somos?
– Cómo te llamas? – Valeria.
– ¿Y tú? – Monica. ¿Y tú?
Yo me llamo Gilda. Hoy por hoy,
soy la señorita Gilda, querida.
– ¡Eh, señorita! Tu mujer te está
buscando. – ¡Virgen Santa, está allí!
¿Qué pasa, Antonietta? Sabes que no
me gusta que vengas a verme al trabajo.
– El niño está enfermo.
– ¡Luigino! ¿Qué le pasa?
– Tiene fiebre.
– Espero que no sea nada grave.
– Pero tiene que tomar una medicina
muy cara. – Está bien, ya entiendo.
Toma. Y ya sabes que cuando me
necesitas, nunca te digo que no.
Pero, ¿podrías ir a la peluquería
o hacerte la manicura?
¡Sí, hacerme la manicura, con todo
lo que tengo que hacer!
No, querida no me vengas con
cuentos. ¡Un momento!
Siempre has sido un desastre.
Ese de ahí es Borghessi.
Creo que te voy a traer algún
vestido de los que no uso.
Uno que sea sencillo y discreto.
¡Ahora, vete!
¡Adiós!
Adiós. Dale recuerdos a Luigino y
que te vaya bien. – Gracias. gracias.
¡Cuidaos, mucho!
– Te he traído el capuchino.
– Gracias. Siempre tan amable.
– Pero, ¿ésa no era Antonietta?
– Sí, ¿por qué? ¿La conoces?
Bastante. ¿Y tú la conoces?
Es mi mujer.
También un hermano mío
estuvo casado con ella.
Gilda, ¿por casualidad tu verdadero
nombre no será Cosimo?
Pues sí, Cossimo Barladi
de Carbonara.
– Pero, entonces tú eres…
– Y tú…
– ¡Tú eres Saturnino!
– Sí, Saturnino en persona.
– ¡Hermano mío! – Sí.
¡Hermano mío! – ¡Qué alegría!
– Esto es increíble. – Después de tanto
tiempo. -¿Te lo imaginas?
¡Qué guapo, guapo eres!
Saturnino, Saturni….
¡Madre mía! Esto tiene que ser un
castigo del cielo. ¡Con mi hermano!
¡Virgen Santa!
Saturnino…
– Oye, ¿cómo no me reconociste el primer
día? – Y tú, ¿por qué no me reconociste a mí?
Cuando te dejé en el pueblo, eras
un chico que no tenía ni diez años.
Y, además estás muy cambiado,
muy cambiado.
¿Y tú, no? Tú has cambiado
mucho más que yo.
– ¡Sinvergüenza!
– ¿Ah, sí? ¿Y tú?
Pero, es una lástima.
¡Lástima! ¿El qué?
Es que… nada.
Pensaba que…
.. que si tú, en vez de ser hombre,
fueses una mujer…
Si en vez de ser puta
fueras una empleada…
Si en vez de estar casada,
fueras soltera…
– Si en vez de ser mi hermano,
fueras mi prima… – ¡Calla!
… habríamos podido realizar
nuestro sueño de amor…
… y seríamos felices.
¡Nino!
El destino fue quien nos unió…
… y el destino nos separa.
¡Así es la vida!
¡Adiós, Nino!
¡Adiós!
EL HUÉSPED
¡Vamos, Dr. Bianchi!
Por fin, hemos llegado.
Se tarda un poco de tiempo,
pero vale la pena.
¡Mire qué aire!
¡Respire! ¡Respire!
– Realmente es bueno.
– Es un lugar agradable.
Hay casi una hectárea de terreno.
La casa y los planos han costado
150 millones de liras.
– No, no es mucho.
– Venga, venga.
Cuando le traigo a alguien a cenar
en casa, para mi mujer es una fiesta.
Siempre está en casa, la pobre.
Nunca ve a nadie. Nunca sale.
Es una mujer sencilla. ¿Qué puede
hacer aquí en el campo siempre sola?
– ¡Hola Peppino! – Buenas tardes.
– ¿Cómo van las gardenias?
– Ahora las llevo al invernadero.
– Así es, muy bien.
¿Ha visto qué construcción? ¡Qué sólida!
Me la ha hecho un discípulo de Le Corbusier.
¡Tiziana! ¿Sabe cuánto cobra ese
jardinero? 120.000 liras al mes.
Más las contribuciones, el gas,
la luz, la calefacción,
… las propinas de Pascua y Navidad.
Y para postre, se cepilla a las criadas.
Dígame: ¿hay alguien que viva
mejor que él? No me diga que sí.
– ¡No, nadie!
– Claro que no.
Y aquí tiene mi modesta mansión.
Como dice el refrán: “dime dónde
vives y te diré quién eres”.
Y ésta es mi señora.
Las dos son bonitas, ¿eh?
¡Hola, Tizi! El doctor Bianchi.
– ¡Encantado! – Es el Director de
Estadística de nuestra empresa.
Está siempre en la Central de Padua,
pero ha venido a Milán a recoger datos.
¡Ah! Se ocupa Vd. de la Estadística.
– Dicen que es la menos exacta
de las ciencias exactas. – ¡Exacto!
Por favor, pase. Siéntese
donde quiera.
Como le decía a nuestro doctor, de
cada 100 personas invitadas a cenar,
… 55 rechazan la invitación
con alguna excusa.
El 30% acepta, sólo porque
no sabe decir que no…
… y el 10% acepta con entusiasmo,
pero luego se ponen enfermos.
¡Ah! Es un encendedor de plexiglás,
un bello objeto, ¿verdad?
¡No! Mire, es muy sencillo.
Basta con hacerlo girar.
– Porque uno cree que los arquitectos
construyen… – ¡No, del otro lado!
Diseñan muchos objetos: lámparas,
plumas, vasos…
Pero, como te decía, sólo el 5% de los
invitados, se quedan satisfechos de la cena.
Estoy segura de que Vd.
será uno de los del 5%.
Desde luego, me sabría mal tener
que causarles alguna molestia.
No querría molestar lo más mínimo.
Ninguna molestia. Así cenaremos
a lo grande.
Lo haremos lo mejor que podamos.
Rosaria, pon un cubierto más.
Fíjese en ésa. Gana un montón de dinero
y en cambio siempre pone cara de funeral.
Gana 160.000 liras al mes y debe
pesar unos 38 Kilos.
Gana más de 4.000 liras por kilo;
lo que viene a costar una ternera.
del grano?- También el grano, ¿lo ve?
Dígame, coño: ¿Hay alguien que esté mejor
que las chicas de servicio?. ¡Dígamelo!
– No lo sé. Tal vez el jardinero.
– Ése, en comparación es un pordiosero.
Y además hay otras cosas, fíjese. Por ejemplo,
Tiziana quería tener un niño. No podemos…
– … porque si no la criada se marchará.
– Vittorio, al doctor no le interesa esto.
– ¿Por qué no preparas un aperitivo?
– En seguida.
Doctor, si quiere telefonear al Hotel,
hágalo. Siéntase como en su casa.
No hay ninguna prisa. – Mire, el teléfono
está en mi habitación. Le acompañaré.
– ¡Venga, doctor Bianchi!
– Si, tal vez sea lo mejor.
Porque si llamo al hotel, les diré que estoy
aquí, para que así puedan llamarme.
Tiziana, tu cámbiate. No querrás
sentarte a la mesa así.
¡Oiga! ¡Oiga!
¿Es el Hotel Duomo?
¡Ah, no es el Hotel Duomo! Disculpe,
lo siento. Me habré equivocado.
Mire, estoy llamando al
Hotel Duomo.
¡Ah, que es el Hotel Duomo! Sí.
Oiga, llamaba al Dr. Bianchi.
Sí, espero.
¡Oh, qué estupidez!
Soy yo el Dr. Bianchi.
No estoy en el Hotel.
Llamo desde fuera.
Quería decirles que… que…
… que estoy invitado a
cenar en una casa….
… con unos amigos. Y que si me llega
cualquier aviso estoy en el número.
Sí, sí, ahora le doy el
número. Espere…
36 44 25… no 26.
¡Gracias! Muy amable.
¡Ah, sí!
Ya se lo he dicho.
Éste es un aperitivo que requiere
una preparación un poco larga,
… pero es el mejor del mundo.
Y eso que parece fácil hacer un buen
aperitivo, pero es algo muy delicado.
Éste es una invención mía.
Lo llamo “bulldozer”(apisonadora).
Y se hace así: Hay que
poner 3/8 de Martini,
… 4/8 de vodka…
– … y 1/8 de… – Discúlpeme.
– Pero ¿por qué no estás atenta?
– No, no ha pasado nada.
– Le pondré un poco de agua.
No es nada. No, no se preocupe
que no ha sido nada.
– Déjeme.
– No es nada, señora. ¡Mire!
Ya está seco.
Ya está seco, señora.
Señora, ya está limpio.
Señora, por favor.
Déjeme hacer. No querrá
que se quede la mancha.
No se preocupe, señora.
¡En fin!
Pero, ¿qué hace, señora?
Ya lo puedo hacer yo.
Por favor, mire… es que
así está bien.
Señora… parece que me está
tocando un punto delicado.
No, no es nada, pero…
– No te olvides de…
– No se preocupe. Mire que..
Perdone, pero…
Muy amable, doña Tiziana.
Gracias, gracias.
– ¡Chin, chin! – Sí, chin chin.
– ¿Qué estás haciendo, Tiziana?
Nada. Ya está limpio.
Pruébelo, pruebe doctor y
dígame lo que le parece.
– Pues…
– Sinceramente.
Bueno. Está bueno, ¿no?
¡Dígamelo!
Es que… es que me estaba
comiendo esto.
Está bueno, eh.
¡Bulldozer!
Mire, Dr. Bianchi, éste es mi reino. Aquí
todo lo hago con mis propias manos…
… porque no me fío de nadie. Serían capaces
de estropeármelo todo en unos días.
¿Sabe que una vez volví de París un
día antes, preocupado por mis rosas?
Mire, me importan más
mis flores que a mi mujer.
Es un decir, naturalmente.
– ¿Sabía Vd. que las flores tienen una
especial sensibilidad musical? ¿No?
Ve estos dos altavoces
que hay allí.
Yo escucho dos horas de música al día:
una por la mañana y otra por la noche.
– Y mire que soy capaz de..
– ¿Ha visto qué hermoso melocotón?
¡Ayúdeme a cogerlo!
– Algunas son muy especiales como los tulipanes.
– ¡Ayúdeme! – En cambio las camelias…
– … prefieren la música moderna.
– ¡Ah! ¿Quiere que la levante? – Sí.
A algunas les gusta incluso La Traviata,
pero debe ser siempre una música delicada…
– … suave, nada estridente. Y una vez
que se acostumbran. – ¿Lo ha cogido ya?
– Sí, sí, ya lo he cogido.
-¿Ah, sí? – Ya lo he cogido.
– ¡Ya lo tiene! ¡Ya lo tiene!
– ¡Ya lo tengo! – Ya lo tiene.
– A las flores les gusta la música.
– Ya lo he cogido.
A todas las flores les gusta la
música, excepto a las dalias.
– A las dalias, no. – ¡Muérdalo!
– No comprendo por qué.
– ¡La mesa ya está lista!
– Sí, sí. Ya venimos, Rosaria.
¡A la mesa! ¡A la mesa!
– ¡Tizi! ¡Tizi! Tal vez el doctor quiera
lavarse las manos. – No, no importa.
Sí, que le irá bien.
Venga, le acompaño.
¡A la mesa, a la mesa, que hay un
roast beef, que es manjar de dioses!
Le diré una cosa, querido doctor: yo
disfruto más en la mesa que en la cama.
– Aquí tiene una toalla limpia.
– Sí, sí, gracias.
– ¿Quiere quitarse la chaqueta?
– No, no, gracias. Así está bien.
– Si me permite, aprovecharé un
momento… – Sí, como guste.
– Tiziana, ¿estás ahí?
– No, no está aquí.
– Sí, estoy aquí.
– Sí, está aquí, Tiziana.
Es tu marido.
¡Qué tonto! Me llevaba
el jabón.
¿Sabe? Su mujer estaba
aquí adentro, ingeniero.
– ¡Es Vd. estupendo, Dr. Bianchi!
– Bueno, ya lo ve…
Gracias.
Pero, comprenda querido doctor, cuando
le digo que una de mis dactilógrafas…
…sí, dactilógrafa: guapa chica,
22 años, de buena familia…
… llega a cobrar la extraordinaria e
increíble suma de 180.000 liras al mes,
… solo por teclear la máquina 8 horas
diarias, que luego no son tantas.
Digo, digo 180.000 liras,
¿se da cuenta Vd?
Hoy por hoy en Italia los que están mejor
son los que antes se morían de hambre.
Pues, claro, la clase más afortunada
hoy son los trabajadores. ¿Cómo no?
Le parecerá paradójico,
pero es así. Se lo digo yo.
Antes se decía que a los pobres les
estaba reservado el reino de los cielos.
Pero ahora, tampoco están mal,
aquí en la tierra. Nada mal.
Sabe, este roast beef está
muy bueno.
Voy a repetir y esta vez me
olvidaré del colesterol.
¡Sí, qué buena es esta carne!
– Está bueno el vino, ¿verdad?
– Buenísimo, buenísimo.
¡Vamos a brindar otra vez!
Hay que decir la verdad: nuestro problema
es exclusivamente económico.
No se puede hacer nada sin una
economía verdaderamente sana.
Voy a comer un poco más.
¿Sabe lo que me dijo ayer el primer industrial
lombardo? No recuerdo su nombre.
Me ha dicho: “No me haga hablar”.
Comprenda entonces que si el primer industrial
dice estas cosas, quiere decir que…
… hemos llegado ya a
un nivel peligroso,
… y que ya hemos tocado fondo.
¡Qué bien huele, Sra. Tiziana!
– ¿Oiga, señora?
– ¡Dígame!
– Antes… en la mesa…
– ¿Antes, en la mesa?
Sí, cuando… me puso el piececito…
¿Cuando le puse el piececito?
Nada… que pensaba: ¿y si se
da cuenta?
– ¿Quién?
– Su marido.
¿De qué?
Nada. Es que tuve la impresión
de que…
– Quizás me he equivocado.
– Desde luego que se ha equivocado.
– ¡Duerme! – Le sucede, a menudo
después de comer. – ¿Y no se despierta?
No, pero no crea que
puede aprovecharse.
– ¿En qué sentido?
– No sé. Tal vez Vd. piense:
… como el marido duerme, voy a
intentar seducir a su mujer.
– ¡Hable en voz baja! – Diga
la verdad: ¿a qué lo ha pensado?
– No, mire, se lo juro. – No jure.
Se puede leer en su cara
– Si se acerca, grito. -No, cambiaba
sólo de posición. No me acercaba nada.
Pero, lo desea.
¿Desearlo? Claro que sí,
pero con todo respeto.
– Su marido aún duerme.
– Esto ya lo habíamos dicho.
– Es verdad. – ¿Tendría el valor de
hacerlo aquí, delante de él?
– No, no creo. – Pero si él
no estuviese aquí, ¿podría?
– Podría, podría. Pero él esta
aquí. – ¡Hágalo!
– No, mire, no me provoque porque puede
ser peligroso. – El peligro me emociona.
– La emoción me inhibe.
– Los inhibidos me excitan.
La excitación…
¡Señora!
Pero, ¿a dónde se ha ido
el Dr. Bianchi?
– Pero, ¿qué hace ahí, doctor? ¿Ha perdido
algo? – Sólo buscaba, buscaba. ¿Dónde está?
No, no hay nada.
No lo encuentro.
No, no se siente. Se nos ha hecho
tarde y ya es hora de ir a dormir.
– Mire que yo. – Tiziana, despídete del doctor.
– Puedo quedarme un rato.
– Sí, pero mi señora y yo… – No se
preocupen. Lo estaba pasando muy bien.
Tomaría otro vasito.
No tengo sueño.
¡Rosaria, acompaña a su
coche al señor, por favor!
¡Vamos, venga, venga!
Señora Tiziana, me alegro de
haberla conocido, de verdad.
– ¡Váyase a su casa ya!
– ¿Podré volver a visitarla?
– ¿Podré volver a…?
– ¡Váyase! – Ya me voy, me voy.
¡Maleducado!
¿Has visto un cerdo semejante? No
volverá a entrar en casa. Es un depravado.
¡Ven aquí, ahora mismo!
¡Bravo! ¡Bravo! ¡Has estado
magnífica! ¡Fantástica!
– Yo te mato… yo te como…
– Sí, sí, amor ¡Vayamos a la cama!
Haremos el amor en todas las
posturas y todo eso que te gusta tanto.
– Sí, sí, amor.
– Y ahora te desnudo entera.
¡Ése es un loco de atar!
¡Pero es posible que siempre que
viene alguien a cenar, se me tire encima!
¡Si por lo menos me hicieran
la corte…
o me lo pidieran de
buenas maneras!
SEÑORA, SON LAS OCHO
DOS CORAZONES Y UNA BARRACA
NUNCA ES DEMASIADO TARDE
VIAJE DE BODAS
VUELVE PEQUEÑA MIA

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